Con la paciencia que los indios domaban a los potros por JUCECA
Mi amigo el Toto Pechuga estaba, como suele hacerlo, tomando mate en el fondito de su casa, cuando pasé a visitarlo.
¿Y, Toto, cómo van la cosas?
¿Cuáles cosas?
No sé, es un decir, me refiero a cómo te va, a cómo la ves.
El Toto terminó de cebar un mate, me lo ofreció, y cuando le dije que había tomado toda la mañana y que ya estaba verde de mate, se rió bajito y me dijo:
Vos estás verde de mucha cosa, Flaco. Y te digo la verdad, Flaco, es mejor estar verde que caerse de maduro. Cuando las cosas se caen de maduras, se las comen los pollos.
Vos no tenés pollos, Toto, no criás nada. En este fondito podías hacer un gallinero, y al precio que están los huevos te ahorrabas unos mangos.
Los pollos no ponen huevos me retrucó el Toto y me siguió hablando del laburo que da mantener bichos, darles de comer, conseguirles la ración, mantenerlos limpios y después comercializarlos. Y eso agregó si no te entran los ladrones y una mañana te encontrás nada más que con las plumas. Porque viste cómo están las cosas, Flaco, que se dejó de jugar a la taba, porque cuando el hueso va en el aire te lo manotean para hacer un caldo.
Te conseguís un perro guardián y listo.
Ya tuve perro, Flaco. Ovejero alemán, pero medio trucho. Con la cosa de que todos ladran igual, no te das cuenta.
Yo creo, Toto, que cada perro tiene su ladrido, como cada hombre tiene su propia voz, única, irrepetible como las huellas digitales y las infinitas hojas que agita en el viento un álamo carolina.
¿Estuviste tomando copas antes de venir? me interrogó el Toto debido a mi exposición sobre el perro y sus ladridos. Negué con un gesto y prosiguió:
Lo crié de cachorrito.
Hizo una pausa que aprovechó para pegarle una chupada a la bombilla. Algo me dijo que se venía la parte sentimental del perro.
Se crió aquí, jugando, saltándome entre los pies, que una vuelta me volcó el termo y se quemó las patas. Yo nunca fui muy bichero, pero el atorrante me fue ganando el lado flaco que todos tenemos, y nos hicimos compañeros. Éramos Cruz & Fierro, Larbanois & Carrero, Jonson & Jonson. Lo fui enseñando a conocer los peligros, a ser vigilante, a distinguir a los amigos, a ser fiel y obediente sin necesidad de rigores. ¿Te acordás cómo domaban los indios a los potros?
Yo no estaba.
Bueno, igual. Educado con paciencia, a caricias, a hueso con carne, no mucha pero con algo para no darle el hueso pelado.
Y una tarde, Flaco aquí hizo otra pausita y medio se le quebró la voz parece hasta mentira, una tarde vio algo que nunca había visto.
¿Qué vio?
Una tortuga.
¿Aquí mismo?
Ahí, donde estás parado.
Yo me corrí un poquito.
Metida en la caparazón la tortuga. Y va él y se le arrima a olfatearla, sin saber, sin experiencia ninguna, Flaco, y justo donde tenía el hocico puesto, asoma la cabeza la tortuga.
Se pegó un susto, santito, que salió a la carrera, aullando como un lobo herido, buscando la calle, y la encontró, y salió, y dobló la esquina en dos patas, y nunca, nunca más volvió.
¿Por una tortuga, Toto?
¿Te das cuenta, Flaco? Fue mi culpa. Lo preparé para todo, y la posibilidad de la tortuga se me pasó.
Por eso es que desde entonces, no me gusta tener perro.
¿Y pollo?. El pollo si ve una tortuga se queda de lo más pancho.
¿Te parece Flaco?-
Te lo doy garantido.
Entonces, lo voy a pensar