Literatura, literatos, libros
Extraido de
H enciclopedia
Mario Levrero
La existencia de la Editorial X sumada a la existencia de las editoriales X1, X2, (...) y Xn da como resultado una concepción del libro y una concepción del literato que son funestas para el literato, y a la larga para todo el mundo
Ya es tiempo de que los lectores comencemos a despegar el concepto "literatura" del concepto "libro"; me refiero a los lectores amantes de la literatura, o sea a esos doscientos o trescientos uruguayos que tarde o temprano terminan por conocerse personalmente, y que además de leer también escriben a veces, y a veces hasta publican.
El libro ha sido, y es, un soporte maravilloso para la literatura. Desde el punto de vista práctico no le cabe ninguna objeción y casi no puedo pensar en leer sin pensar en un libro (incluso, tal como comentábamos con una amiga, casi no podemos pensar en comer, sin pensar en un libro; pero eso ya entra en el terreno de ciertas patologías). Y sin embargo, parecería que a este espléndido y prolongado matrimonio literatura + libro le ha llegado, como a todo matrimonio, la hora de los cuestionamientos. La culpa, como siempre, la tienen los hacedores de dinero.
Las editoriales y los literatos estuvieron desde un primer momento relacionados por ese sencillo y universal esquema amo-esclavo. Ejemplos no faltan, sin llegar a casos extremos como el de Emilio Salgari, y sin necesidad de ejemplos todo el mundo está acostumbrado a asociar al talento con la miseria o la pobreza, y a los editores con tipos bien vestidos y dueños de automóviles, yates y edificios.
Esto no implica necesariamente, aunque a menudo sucede, que los editores arruinen la vida de los literatos; la relación causa-efecto es mucho más compleja. Y a la larga podría decirse que sí, que los editores arruinan la vida de los literatos, pero este "a la larga" implica una serie de consideraciones sociológicas que no soy el más indicado para desarrollar.
Quiero decir, para hacerlo simple, que la Editorial X que edita al literato Y puede mantener una buena relación con el literato Y, y no robarle ni engañarlo ni estafarlo ni quedarse con el dinero que legítimamente le corresponde a Y, pero que, sin embargo, la existencia de la Editorial X sumada a la existencia de las editoriales X1, X2, (...) y Xn da como resultado una concepción del libro y una concepción del literato que son funestas para el literato, y a la larga para todo el mundo.
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Cometo un error al hablar de literatos en general; las cosas se ven más claramente, me parece, si hablamos de escritores aficionados y escritores profesionales. Son los dos grandes caminos que puede elegir quien se dedica a las letras; caminos que puede elegir, o quizás caminos que lo eligen a él, ya que, a pesar de la creencia popular, pocas cosas de la vida están determinadas por la voluntad.
El escritor puede vivir de la literatura, o vivir de otra cosa. Desde el momento en que elige o es elegido por la primera opción, es poco probable que el aficionado, si lo era, siga siendo aficionado; lo más probable es que pase a ser un profesional y se quede en eso. Sin embargo a veces ambas categorías pueden coexistir en una misma persona y, a pesar de ello, podría decirse que el escritor aficionado y el profesional viven en mundos muy distintos, como es distinto el mundo para el hombre que escribe, mientras está escribiendo, y para ese mismo hombre, cuando llega el momento de vender, o de dar a conocer el fruto de su trabajo.
Pero se me acaba el espacio, y ni siquiera empecé a desarrollar el tema... A manera de ejercicio, que el lector intente separar la idea de literatura de la idea de libro; al menos, comprender que son dos cosas distintas. Decimos: "voy a leer un libro"; habría que empezar por decir, o pensar: "voy a leer un texto".
PARTE B
Desde hace décadas la mayoría de los poetas se financia sus libritos, y ahora los publica en Internet, porque los editores descubrieron hace mucho tiempo que la poesía “no se vende”. (Dijo un poeta argentino, cuyo nombre ya recordaré: “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”)
Estaba tratando de desarrollar algunos pensamientos acerca de los escritores y los libros, y anotaba diferencias entre aficionados (amateurs) y profesionales.
Si bien creo que el aficionado vive en un mundo y el profesional en otro, ambos pueden coincidir a veces, aunque sea temporalmente, en una única persona. Yo mismo, que soy un ejemplo nítido de aficionado, desde el momento en que empiezo a escribir regularmente para esta revista me transformo en un profesional. Si mañana me surge la imperiosa necesidad de escribir una novela, pasaría de inmediato a ser un aficionado, porque en mi caso es imposible la transformación en un novelista profesional; tal vez por haraganería, pero sobre todo por falta de interés.
El dinero no es estímulo suficiente, y soy totalmente incapaz de ponerme a escribir algo que me va a dar mucho trabajo, y que no sé hacer sin la inapreciable colaboración de eso que llaman “Inconsciente” o “musa”. En cambio, en la producción semanal de estas Irrupciones, a veces mi trabajo es inspirado, y a veces es forzado por la necesidad de entregar en fecha. A veces estas Irrupciones están escritas por un aficionado, a veces por un profesional.
El profesional no es mejor que el aficionado. Tampoco es necesariamente peor; hay quienes desprecian a los que se ganan la vida con su literatura, del mismo modo que hay quienes se ríen de los tontos que escriben sin ganar dinero. Son, como decía, mundos distintos, aunque a veces uno viva en ambos.
Si Kafka es el más claro ejemplo de escritor aficionado, el más puro y el mejor, si un Stephen King o un centenar de escritores como él pueden ser ejemplos claros de escritores profesionales, tenemos el caso de un García Márquez, el aficionado que escribió Cien Años de Soledad y el profesional que escribió casi todo lo demás que lleva su firma; y entre todo lo demás hay una obra maestra llamada Crónica de una Muerte Anunciada, y una buena cantidad de relatos y novelas muy valiosos.
No digamos que una categoría es buena y la otra es mala sino que el aficionado escribe por necesidad de escribir, y el profesional por necesidad de ganar dinero. Eso no impide que a veces el aficionado termine haciendo mucho dinero, ni que el profesional a veces escriba cosas inspiradas.
Demos un paso más, y aceptemos una propuesta estereotipada, y por tanto falsa, pero tal vez útil: el aficionado no puede convertirse en profesional, y el profesional no puede convertirse en aficionado.
Si las cosas fueran tan nítidas, se haría clarísimo que la literatura escrita por aficionados debería circular libremente, sin generar derechos de autor. De ese modo se eliminaría el factor distorsionante, o sea la Editorial; el creador se comunicaría directamente con el lector, por lo general a su vez también un creador, por medio de ediciones baratas y de bajísimo tiraje.
O a través de Internet, o del correo electrónico. Si esto parece un delirio, sin embargo es lo que viene sucediendo con la poesía, el reducto de los aficionados, amateurs por excelencia que ni sueñan en cobrar derechos de autor.
Desde hace décadas la mayoría de los poetas se financia sus libritos, y ahora los publica en Internet, porque los editores descubrieron hace mucho tiempo que la poesía no se vende. (Dijo un poeta argentino, cuyo nombre ya recordaré: la poesía no se vende porque la poesía no se vende).
* Publicado originalmente en Insomnia