Martes, 20 de diciembre de 2005
Hace 52 a?os, el 26 de julio de 1953, un grupo de j?venes encabezados por Fidel Castro atac? el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y el cuartel de la ciudad de Bayamo.

El ataque al Moncada, aunque fue un fracaso militar, represent? el inicio de la revoluci?n cubana, que triunf? el 1 de enero de 1959, tras la fuga al extranjero del gobernante Fulgencio Batista.

Batista hab?a sido acusado por Fidel Castro y sus compa?eros de usurpar el poder en 1952 y no respetar la Constituci?n democr?tica de 1940.

Tras el ataque al Moncada, muchos de los j?venes asaltantes fueron asesinados.

El Dr. Fidel Castro, quien fue capturado pocos d?as despu?s en las monta?as, era abogado y llev? a cabo su propia defensa, donde pronuncio un historico discurdo llamado "La historia me absolver?".


Discurso pronunciado por Fidel:

Se?ores magistrados:

Nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan dif?ciles condiciones: nunca contra un acusado se hab?a cometido tal c?mulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son en este caso la misma persona. Como abogado, no ha podido ni tan siquiera ver el sumario y, como acusado, hace hoy setenta y seis d?as que est? encerrado en una celda solitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales.

Quien est? hablando aborrece con toda su alma la vanidad pueril y no est?n ni su ?nimo ni su temperamento para poses de tribuno ni sensacionalismo de ninguna ?ndole. Si he tenido que asumir mi propia defensa ante este tribunal se debe a dos motivos. Uno: porque pr?cticamente se me priv? de ella por completo; otro: porque s?lo quien haya sido herido tan hondo, y haya visto tan desamparada la patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasi?n como ?sta con palabras que sean sangre del coraz?n y entra?as de la verdad.

No faltaron compa?eros generosos que quisieran defenderme, y el Colegio de Abogados de La Habana design? para que me representara en esta causa a un competente y valeroso letrado: el doctor Jorge Pagliery, decano del Colegio de esta ciudad. No lo dejaron, sin embargo, desempe?ar su misi?n: las puertas de la prisi?n estaban cerradas para ?l cuantas veces intentaba verme; s?lo al cabo de mes y medio, debido a que intervino la Audiencia, se le concedieron diez minutos para entrevistarse conmigo en presencia de un sargento del Servicio de Inteligencia Militar. Se supone que un abogado deba conversar privadamente con su defendido, salvo que se trata de un prisionero de guerra cubano en manos de un implacable despotismo que no reconozca reglas legales ni humanas. Ni el doctor Pagliery ni yo estuvimos dispuestos a tolerar esta sucia fiscalizaci?n de nuestras armas para el juicio oral. ?Quer?an acaso saber de antemano con qu? medios iban a ser reducidas a polvo las fabulosas mentiras que hab?an elaborado en torno a los hechos del cuartel Moncada y sacarse a relucir las terribles verdades que deseaban ocultar a toda costa? Fue entonces cuando se decidi? que, haciendo uso de mi condici?n de abogado, asumiese yo mismo mi propia defensa.

Esta decisi?n, o?da y trasmitida por el sargento del SIM, provoc? inusitados temores; parece que alg?n duendecillo burl?n se complac?a dici?ndoles que por culpa m?a los planes iban a salir muy mal; y vosotros sab?is de sobra, se?ores magistrados, cu?ntas presiones se han ejercido para que se me despojase tambi?n de este derecho consagrado en Cuba por una larga tradici?n. El tribunal no pudo acceder a tales pretensiones porque era ya dejar a un acusado en el colmo de la indefensi?n. Ese acusado, que est? ejerciendo ahora ese derecho, por ninguna raz?n del mundo callar? lo que debe decir. Y estimo que hay que explicar, primero que nada, y qu? se debi? la feroz incomunicaci?n a que fui sometido; cu?l es el prop?sito al reducirme al silencio; por qu? se fraguaron planes; qu? hechos grav?simos se le quieren ocultar al pueblo; cu?l es el secreto de todas las cosas extra?as que han ocurrido en este proceso. Es lo que me propongo hacer con entera claridad.

Vosotros hab?is calificado este juicio p?blicamente como el m?s trascendental de la historia republicana, y as? lo hab?is cre?do sinceramente, no debisteis permitir que os lo mancharan con un fardo de burlas a vuestra autoridad. La primer sesi?n del juicio fue el 21 de septiembre. Entre un centenar de ametralladoras y bayonetas que invad?an escandalosamente la sala de justicia, m?s de cien personas se sentaron en el banquillo de los acusados. Una gran mayor?a era ajena a los hechos y guardaba prisi?n preventiva hac?a muchos d?as, despu?s de sufrir toda clase de vej?menes y maltratos en los calabozos de los cuerpos represivos; pero el resto de los acusados, que era el menor n?mero, estaban gallardamente firmes, dispuestos a confirmar con orgullo su participaci?n en la batalla por la libertad, dar un ejemplo de abnegaci?n sin precedentes y librar de las garras de la c?rcel a aquel grupo de personas que con toda mala fe hab?an sido incluidas en el proceso. Los que hab?an combatido una vez volv?an a enfrentarse. Otra vez la causa justa del lado nuestro; iba a librarse contra la infamia el combate terrible de la verdad. ?Y ciertamente que no esperaba el r?gimen la cat?strofe moral que se avecinaba!

?C?mo mantener todas su falsas acusaciones? ?C?mo impedir que se supiera lo que en realidad hab?a ocurrido, cuando tal n?mero de j?venes hab?a ocurrido, cuando tal n?mero de j?venes estaban dispuestos a correr todos los riesgos: c?rcel, tortura y muerte, si era preciso, por denunciarlo ante el tribunal?

En aquella primera sesi?n se me llam? a declarar y fui sometido a interrogatorio durante dos horas, contestando las preguntas del se?or fiscal y los veinte abogados de la defensa. Puede probar con cifras exactas y datos irrebatibles las cantidades de dinero invertido, la forma en que se hab?an obtenido y las armas que logramos reunir. No ten?a nada que ocultar, porque en realidad todo hab?a sido logrado con sacrificios sin precedentes en nuestras contiendas republicanas. Habl? de los prop?sitos que nos inspiraban en la lucha y del comportamiento humano y generoso que en todo momento mantuvimos con nuestros adversarios. Si pude cumplir mi cometido demostrando la no participaci?n, ni directa ni indirecta, de todos los acusados falsamente comprometidos en la causa, se lo debo a la total adhesi?n y respaldo de mis heroicos compa?eros, pues dije que ellos no se avergonzar?an ni se arrepentir?an de su condici?n de revolucionarios y de patriotas por el hecho de tener que sufrir las consecuencias. No se me permiti? nunca hablar con ellos en la prisi?n y, sin embargo, pens?bamos hacer exactamente lo mismo. Es que, cuando los hombres llevan en la mente un mismo ideal, nada puede incomunicarlos, ni las paredes de una c?rcel, ni la tierra de los cementerios, porque un mismo recuerdo, una misma alma, una misma idea, una misma conciencia y dignidad los alienta a todos.

Desde aquel momento comenz? a desmoronarse como castillo de naipes el edificio de mentiras infames que hab?a levantado el gobierno en torno a los hechos, resultando de ello que el se?or fiscal comprendi? cu?n absurdo era mantener en prisi?n intelectuales, solicitando de inmediato para ellas la libertas provisional.

Terminadas mis declaraciones en aquella primera sesi?n, yo hab?a solicitado permiso del tribunal para abandonar el banco de los acusados y ocupar un puesto entre los abogados defensores, lo que, en efecto, me fue concedido. Comenzaba para m? entonces la misi?n que consideraba m?s importante en este juicio: destruir totalmente las cobardes calumnias que se lanzaron contra nuestros combatientes, y poner en evidencia irrebatible los cr?menes espantosos y repugnantes que se hab?an cometido con los prisioneros, mostrando ante la faz de la naci?n y del mundo la infinita desgracia de este pueblo, que est? sufriendo la opresi?n m?s cruel e inhumana de toda su historia.

La segunda sesi?n fue el martes 22 de septiembre. Acababan de prestar declaraci?n apenas diez personas y ya hab?a logrado poner en claro los asesinatos cometidos en la zona de Manzanillo, estableciendo espec?ficamente y haci?ndola constar en acta, la responsabilidad directa del capit?n jefe de aquel puesto militar. Faltaban por declarar todav?a trescientas personas. ?Qu? ser?a cuando, con una cantidad abrumadora de datos y pruebas reunidos, procediera a interrogar, delante del tribunal, a los propios militares responsables de aquellos hechos? ?Pod?a permitir el gobierno que yo realizara tal cosa en presencia del p?blico numeroso que asist?a a las sesiones, los reporteros de prensa, letrados de toda la Isla y los l?deres de los partidos de oposici?n a quienes est?pidamente hab?an sentado en el banco de los acusados para que ahora pudieran escuchar bien de cerca todo cuanto all? se ventilara? ?Primero dinamitaban la Audiencia, con todos sus magistrados, que permitirlo!

Idearon sustraerme del juicio y procedieron a ellos manu militari. El viernes 25 de septiembre por la noche, v?spera de la tercera sesi?n, se presentaron en mi celda dos m?dicos sesi?n, se presentaron en mi celda dos m?dicos del penal; estaban visiblemente apenados: "Venimos a hacerte un reconocimiento" ?me dijeron. "?Y qui?n se preocupa tanto por mi salud?" ?les pregunt?. Realmente, desde que los v? hab?a comprendido el prop?sito. Ellos no pudieron ser m?s caballeros y me explicaron la verdad: esa misma tarde hab?a estado en la prisi?n el coronel Chaviano y les dijo que yo "le estaba haciendo en el juicio un da?o terrible al gobierno", que ten?an que firmar un certificado donde se hiciera constar que estaba enfermo y no pod?a, por tanto, seguir asistiendo a las sesiones. Me expresaron adem?s los m?dicos que ellos, por su parte, estaban dispuestos a renunciar a sus cargos y exponerse a las persecuciones, que pon?an el asunto en mis manos para que yo decidiera. Para m? era duro pedirles a aquellos hombres que se inmolaran sin consideraciones, pero tampoco pod?a consentir, por ning?n concepto, que se llevaran a cabo tales prop?sitos. Para dejarlo a sus propias conciencias, me limit? a contestarles: "Ustedes sabr?n cu?l es su deber; yo s? bien cu?l es el m?o."

Ellos, despu?s que se retiraron, firmaron el certificado; s? que lo hicieron porque cre?an de buena fe que era el ?nico modo de salvarme al vida, que ve?an en sumo peligro. No me compromet? a guardar silencio sobre este di?logo; s?lo estoy comprometido con la verdad, y si decirla en este caso pudieran lesionar el inter?s material de esos buenos profesionales, dejo limpio de toda duda su honor, que vale mucho m?s. Aquella misma noche, redact? una carta para este tribunal, denunciando el plan que se tramaba, solicitando la visita de dos m?dicos forenses para que certificaran mi perfecto estado de salud y expres?ndoles que si, para salvar mi vida, ten?an que permitir semejante artima?a, prefer?a perderla mil veces. Para dar a entender que estaba resuelto a luchar solo contra tanta bajeza, a?ad? a mi escrito aquel pensamiento del Maestro: "Un principio justo desde el fondo de una cueva puede m?s que un ej?rcito". ?sa fue la carta que, como sabe el tribunal, present? la doctora Melba Hern?ndez, en la sesi?n tercera del juicio oral del 26 de septiembre. Pude hacerla llegar a ella, a pesar de la implacable vigilancia que sobre m? pesaba. Con motivo de dicha carta, por supuesto, se tomaron inmediatas represalias: incomunicaron a la doctora Hern?ndez, y a m?, como ya lo estaba, me confinaron al m?s apartado lugar de la c?rcel. A partir de entonces, todos los acusados eran registrados minuciosamente, de pies a cabeza, antes de salir para el juicio.

Vinieron los m?dicos forenses el d?a 27 y certificaron que, en efecto, estaba perfectamente bien de salud. Sin embargo, pese a las reiteradas ?rdenes del tribunal, no se me volvi? a traer a ninguna sesi?n del juicio. Agr?guese a esto que todos los d?as eran distribuidos, por personas desconocidas, cientos de panfletos ap?crifos donde se hablaba de rescatarme de la prisi?n, coartada est?pida para eliminarme f?sicamente con pretexto de evasi?n. Fracasados estos prop?sitos por la denuncia oportuna de amigos y alertas y descubierta la falsedad del certificado m?dico, n les qued? otro recurso, para impedir mi asistencia al juicio, que el desacato abierto y descarado...

Caso ins?lito el que se estaba produciendo, se?ores magistrados: un r?gimen que ten?a miedo de presentar a un acusado ante los tribunales; un r?gimen de terror y de sangre, que se espantaba ante la convicci?n moral de un hombre indefenso, desarmado, incomunicado y calumniado. As?, despu?s de haberme privado de todo, me privaban por ?ltimo del juicio donde era el principal acusado. T?ngase en cuenta que esto se hac?a estando en plena vigencia la suspensi?n de garant?as y funcionando con todo rigor la Ley de Orden P?blico y la censura de radio y prensa. ?Qu? cr?menes tan horrendos habr? cometido este r?gimen que tanto tem?a la voz de un acusado!

Debo hacer hincapi? en actitud insolente e irrespetuosa que con respecto a vosotros han mantenido en todo momento los jefes militares. Cuantas veces este tribunal orden? que cesara la inhumana incomunicaci?n que pesaban sobre m?, cuantas veces orden? que se respetasen mis derechos m?s elementales, cuantas veces demand? que se me presentara a juicio, jam?s fue obedecido; una por una, se desacataron todas sus ?rdenes. Peor todav?a: en la misma presencia del tribunal, en la primera y segunda sesi?n, se me puso al lado una guardia perentoria para que me impidiera en absoluto hablar con nadie, ni aun en los momentos de receso, dando a entender que, no ya en la prisi?n, sino hasta en la misma Audiencia y en vuestra presencia, no hac?an el menor caso de vuestras disposiciones. Pensaba plantear este problema en la sesi?n siguiente como cuesti?n de elemental honor para el tribunal, pero... ya no volv? m?s. Y si a cambio de tanta irrespetuosidad nos traen aqu? para que vosotros nos envi?is a la c?rcel, en nombre de una legalidad que ?nicamente ellos y exclusivamente ellos est?n violando desde el 10 de marzo, harto triste es el papel que os quieren imponer. No se ha cumplido ciertamente en este caso ni una sola vez la m?xima latina: cedant arma togae. Ruego teng?is muy en cuenta esta circunstancia.

M?s, todas las medidas resultaron completamente in?tiles, porque mis bravos compa?eros, con civismo sin precedentes, cumplieron cabalmente su deber.

"S?, vinimos a combatir por la libertad de Cuba y no nos arrepentimos de haberlo hecho", dec?an uno por uno cuando eran llamados a declarar, e inmediatamente, con impresionante hombr?a, dirigi?ndose al tribunal, denunciaban los cr?menes horribles que se hab?an cometido en los cuerpos de nuestros hermanos. Aunque ausente, pude seguir el proceso desde mi celda en todos sus detalles, gracias a la poblaci?n penal de la prisi?n de Boniato que, pese a todas las amenazas de severos castigos, se valieron de ingeniosos medios para poner en mis manos recortes de peri?dicos e informaciones de toda clase. Vengaron as? los abusos e inmoralidades del director Taboada y del teniente supervisor Rosabal, que los hacen trabajar de sol a sol, construyendo palacetes privados, y encima los matan de hambre malversando los fondos de subsistencia.

A medida que se desarroll? el juicio, los papeles se invirtieron: los que iban a acusar salieron acusados, y los acusados se convirtieron en acusadores. No se juzg? all? a los revolucionarios, se juzg? para siempre a un se?or que se llama Batista... ?Monstrum horrendum!... No importa que los valientes y dignos j?venes hayan sido condenados, si ma?ana el pueblo condenar? al dictador y a sus crueles esbirros. A Isla de Pinos se les envi?, en cuyas circulares mora todav?a el espectro de Castells y no se ha apagado a?n el grito de tantos y tantos asesinados; all? han ido a purgar, en amargo cautiverio, su amor a la libertad, secuestrados de la sociedad, arrancados de sus hogares y desterrados de la patria. ?No cre?is, como dije, que en tales circunstancias es ingrato y dif?cil a este abogado cumplir su misi?n?

Como resultado de tantas maquinaciones turbias e ilegales, por voluntad de los que mandan y debilidad de los que juzgan, heme aqu? en este cuartico del Hospital Civil, adonde se me ha tra?do para ser juzgado en sigilo, de modo que no se me oiga, que mi voz se apague y nadie se entere de las cosas que voy a decir. ?Para qu? se quiere ese imponente Palacio de Justicia, donde los se?ores magistrados se encontrar?n, sin duda, mucho m?s c?modos? No es conveniente, os lo advierto, que se imparta justicia desde el cuarto de un hospital rodeado de centinelas con bayonetas calada, porque pudiera pensar la ciudadan?a que nuestra justicia est? enferma... y est? presa.

Os recuerdo que vuestras leyes de procedimiento establecen que el juicio ser? "oral y p?blico"; sin embargo, se ha impedido por completo al pueblo la entrada en esta sesi?n. S?lo han dejado pasar dos letrados y seis periodistas, en cuyos peri?dicos la censura no permitir? publicar una palabra. Veo que tengo por ?nico p?blico, en la sala y en los pasillos, cerca de cien soldados y oficiales. ?Gracias por la seria y amable atenci?n que me est?n prestando! ?Ojal? tuviera delante de m? todo el Ej?rcito! Yo s? que alg?n d?a arder? en deseos de lavar la mancha terrible de verg?enza y de sangre que han lanzado sobre el uniforme militar las ambiciones de un grupito desalmado. Entonces ?ay de los que cabalgan hoy c?modamente sobre sus nobles guerreras... si es que el pueblo no los ha desmontado mucho antes!

Por ?ltimo, debo decir que no se dej? pasar a mi celda en la prisi?n ning?n tratado de derecho penal. S?lo puedo disponer de este min?sculo c?digo que me acaba de prestar un letrado, el valiente defensor de mis compa?eros: doctor Baudilio Castellanos. De igual modo se prohibi? que llegaran a mis manos los libros de Mart?; parece que la censura de la prisi?n los consider? demasiado subversivos. ?O ser? porque yo dije que Mart? era el autor intelectual del 26 de Julio? Se impidi?, adem?s, que trajese a este juicio ninguna obra de consulta sobre cualquier otra materia. ?No importa en absoluto! Traigo en el coraz?n las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos.

S?lo una cosa voy a pedirle al tribunal; espero que me la conceda en compensaci?n de tanto exceso y desafuero como ha tenido que sufrir este acusado sin amparo alguno de las leyes: que se respete mi derecho a expresarme con entera libertad. Sin ello no podr?n llenarse ni las meras apariencias de justicia y el ?ltimo eslab?n ser?a, m?s que ning?n otro, de ignominia y cobard?a.

Confieso que algo me ha decepcionado. Pens? que el se?or fiscal vendr?a con una acusaci?n terrible, dispuesto a justificar hasta la saciedad la pretensi?n y los motivos por los cuales en nombre del derecho y de la justicia ?y ?de qu? derecho y de qu? justicia? ?se me debe condenar a veintis?is a?os de prisi?n. Pero no. Se ha limitado exclusivamente a leer el art?culo 148 del C?digo de Defensa Social, por el cual, m?s circunstancias agravantes, solicita para m? la respetable cantidad de veintis?is a?os de prisi?n. Dos minutos me parece muy poco tiempo para pedir y justificar que un hombre se pase a la sombra m?s de un cuarto de siglo. ?Est? por ventura el se?or fiscal disgustado con el tribunal? Porque, seg?n observo, su laconismo en este caso se da de narices con aquella solemnidad con que los se?ores magistrados declararon, un tanto orgullosos, que ?ste era un proceso de suma importancia, y yo he visto a los se?ores fiscales hablar diez veces m?s en un simple caso de drogas heroicas para solicitar que un ciudadano sea condenado a seis meses de prisi?n. El se?or fiscal no ha pronunciado una sola palabra para respaldar su petici?n. Soy justo..., comprendo que es dif?cil, para un fiscal que jur? ser fiel a la Constituci?n de la Rep?blica, venir aqu? en nombre de un gobierno inconstitucional, factual, estatuario, de ninguna legalidad y menos moralidad, a pedir que un joven cubano, abogado como ?l, quiz?s... tan decente como ?l, sea enviado por veintis?is a?os a la c?rcel. Pero el se?or fiscal es un hombre de talento y yo he visto personas con menos talento que ?l escribir largos mamotretos en defensa de esta situaci?n. ?C?mo, pues, creer que carezca de razones para defenderlo, aunque sea durante quince minutos, por mucha repugnancia que esto le inspire a cualquier persona decente? Es indudable que en el fondo de esto hay una gran conjura.

Se?ores magistrados: ?Por qu? tanto inter?s en que me calle? ?Por qu?, inclusive, se suspende todo g?nero de razonamientos para no presentar ning?n blanco contra el cual pueda yo dirigir el ataque de mis argumentos? ?Es que se carece por completo de base jur?dica, moral y pol?tica para hacer un planteamiento serio de la cuesti?n? ?Es que se teme tanto a la verdad? ?Es que se quiere que yo hable tambi?n dos minutos y no toque aqu? los puntos que tienen a ciertas gentes sin dormir desde el 26 de julio? Al circunscribirse la petici?n fiscal a la simple lectura de cinco l?neas de un art?culo del C?digo de Defensa Social, pudiera pensarse que yo me circunscriba a lo mismo y d? vueltas y m?s vueltas alrededor de ellas, como un esclavo en torno a una piedra de molino. Pero no aceptar? de ning?n modo esa mordaza, porque en este juicio se est? debatiendo algo m?s que la simple libertad de un individuo: se discute sobre cuestiones fundamentales de principios, se juzga sobre el derecho de los hombres a ser libres, se debate sobre las bases mismas de nuestra existencia como naci?n civilizada y democr?tica. Cuando concluya, no quiero tener que reprocharme a m? mismo haber dejado principio por defender, verdad es decir, ni crimen sin denunciar.

El famoso articulejo del se?or fiscal no merece ni un minuto de r?plica. Me limitar?, por el momento, a librar contra ?l una breve escaramuza jur?dica, porque quiero tener limpio de minucias el campo para cuando llegue la hora de tocar el deg?ello contra toda la mentira, falsedad, hipocres?a, convencionalismos y cobard?a moral sin l?mites en que se basa esa burda comedia que, desde el 10 de marzo y aun antes del 10 de marzo, se llama en Cuba Justicia.

Es un principio elemental de derecho penal que el hecho imputado tiene que ajustarse exactamente al tipo de delito prescrito por la ley. Si no hay ley exactamente aplicable al punto controvertido, no hay delito.

El art?culo en cuesti?n dice textualmente: "Se impondr? una sanci?n de privaci?n de libertad de tres a diez a?os al autor de un hecho dirigido a promover un alzamiento de gentes armadas contra los Poderes Constitucionales del Estado. La sanci?n ser? de privaci?n de libertad de cinco a veinte a?os si se llevase a efecto la insurrecci?n."

?En qu? pa?s est? viviendo el se?or fiscal? ?Qui?n le ha dicho que nosotros hemos promovido alzamiento contra los Poderes Constitucionales del Estado? Dos cosas resaltan a la vista. En primer lugar, la dictadura que oprime a la naci?n no es un poder constitucional, sino inconstitucional; se engendr? contra la Constituci?n, por encima de la Constituci?n, violando la Constituci?n leg?tima de la Rep?blica. Constituci?n leg?tima es aquella que emana directamente del pueblo soberano. Este punto lo demostrar? plenamente m?s adelante, frente a todas las gazmo?er?as que han inventado los cobardes y traidores para justificar lo injustificable. En segundo lugar, el art?culo habla de Poderes, es decir, plural, no singular, porque est? considerado el caso de una rep?blica regida por un Poder Legislativo, un Poder Ejecutivo y un Poder Judicial que se equilibran y contrapesan unos a otros. Nosotros hemos promovido rebeli?n contra un poder ?nico, ileg?timo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativos y Ejecutivo de la naci?n, destruyendo todo el sistema que precisamente trataba de proteger el art?culo del C?digo que estamos analizando. En cuanto a la independencia del Poder Judicial despu?s del 10 de marzo, ni hablo siquiera, porque no estoy para bromas... Por mucho que se estire, se encoja o se remiende, ni una sola coma del art?culo 148 es aplicable a los hechos del 26 de Julio. Dej?moslo tranquilo, esperando la oportunidad en que pueda aplicarse a los que s? promovieron alzamiento contra los Poderes Constitucionales del Estado. M?s tarde volver? sobre el C?digo para refrescarle la memoria al se?or fiscal sobre ciertas circunstancias que lamentablemente se le han olvidado.

Os advierto que acabo de empezar. Si en vuestras almas queda un latido de amor a la patria, de amor a la humanidad, de amor a la justicia, escucharme con atenci?n. S? que me obligar?n al silencio durante muchos a?os; s? que tratar?n de ocultar la verdad por todos los medios posibles; s? que contra m? se alzar? la conjura del olvido. Pero mi voz no se ahogar? por eso: cobra fuerzas en mi pecho mientras m?s solo me siento y quiero darle en mi coraz?n todo el calor que le niegan las almas cobardes.

Escuch? al dictador el lunes 27 de julio, desde un boh?o de las monta?as, cuando todav?a qued?bamos dieciocho hombres sobre las armas. No sabr?n de amarguras e indignaciones en la vida los que no hayan pasado por momentos semejantes. Al par que rodaban por tierra las esperanzas tanto tiempo acariciadas de liberar a nuestro pueblo, ve?amos al d?spota erguirse sobre ?l, m?s ruin y soberbio que nuca. El chorro de mentiras y calumnias que verti? en su lenguaje torpe, odioso y repugnante, s?lo puede compararse con el chorro enorme de sangre joven y limpia que desde la noche antes estaba derramando, con su conocimiento, consentimiento, complicidad y aplauso, la m?s desalmada turba de asesinos que pueda concebirse jam?s. Haber cre?do durante un solo minuto lo que dijo es suficiente falta para que un hombre de conciencia viva arrepentido y avergonzado toda la vida. No ten?a ni siquiera, en aquellos momentos, la esperanza de marcarle sobre la frente miserable la verdad que lo estigmatice por el resto de sus d?as y el resto de los tiempos, porque sobre nosotros se cerraba ya el cerco de m?s de mil hombres, con armas de mayor alcance y potencia, cuya consigna terminante era regresar con nuestros cad?veres. Hoy, que ya la verdad empieza a conocerse y que termino con estas palabras que estoy pronunciando la misi?n que me impuse, cumplida a cabalidad, puedo morir tranquilo y feliz, por lo cual no escatimar? fustazos de ninguna clase sobre los enfurecidos asesinos.

Es necesario que me detengan a considerar un poco los hechos. Se dijo por el mismo gobierno que el ataque fue realizado con tanta precisi?n y perfecci?n que evidenciaba la presencia de expertos militares en la elaboraci?n del plan. ?Nada m?s absurdo! El plan fue trazado por un grupo de j?venes ninguno de los cuales ten?a experiencia militar; y voy a revelar sus nombres, menos dos de ellos que no est?n ni muertos mi presos: Abel Santamar?a, Jos? Luis Tasende, Renato Guitart Rosell, Pedro Miret, Jes?s Montan? y el que les habla. La mitad han muerto, y en justo tributo a su memoria puedo decir que no eran expertos militares, pero ten?an patriotismo suficiente para darles, en igualdad de condiciones, una soberana paliza a todos los generales del 10 de marzo juntos, que no son ni militares ni patriotas. M?s dif?cil fue organizar, entrenar y movilizar hombres y armas bajo un r?gimen represivo que gasta millones de pesos en espionaje, soborno y delaci?n, tareas que aquellos j?venes y otros muchos realizaron con seriedad, discreci?n y constancia verdaderamente incre?bles; y m?s meritorio todav?a ser? siempre darle a un ideal todo lo que se tiene y, adem?s, la vida.

La movilizaci?n final de hombres que vinieron a esta provincia desde los m?s remotos pueblos de toda la Isla, se llev? a cabo con admirable precisi?n y absoluto secreto. Es cierto igualmente que el ataque se realiz? con magn?fica coordinaci?n. Comenz? simult?neamente a las 5:15 a.m., tanto en Bayamo como en Santiago de Cuba, y, uno a uno, con exactitud de minutos y segundos prevista de antemano, fueron cayendo los edificios que rodean el campamento. Sin embargo, en aras de la estricta verdad, aun cuando disminuya nuestro m?rito, voy a revelar por primera vez tambi?n otro hecho que fue fatal: la mitad del grueso de nuestras fuerzas y la mejor armada, por un error lamentable se extravi? a la entrada de la ciudad y nos falt? en el momento decisivo. Abel Santamar?a, con veinti?n hombres, hab?a ocupado el Hospital Civil; iban tambi?n con ?l para atender a los heridos un m?dico y dos compa?eras nuestras. Ra?l Castro, con diez hombres, ocup? el Palacio de Justicia; y a m? me correspondi? atacar el campamento con el resto, noventa y cinco hombres. Llegu? con un primer grupo de cuarenta y cinco, precedido por una vanguardia de ocho que forz? la posta tres. Fue aqu? precisamente donde se inici? el combate, al encontrarse mi autom?vil con una patrulla de recorrido exterior armada de ametralladoras. El grupo de reserva, que ten?a casi todas las armas largas, pues las cortas iban a la vanguardia, tom? por una calle equivocada y se desvi? por completo dentro de una ciudad que no conoc?an. Debo aclarar que no albergo la menor duda sobre el valor de esos hombres, que al verse extraviados sufrieron gran angustia y desesperaci?n. Debido al tipo de acci?n que se estaba desarrollando y al id?ntico color de los uniformes en ambas partes combatientes, no era f?cil restablecer el contacto. Muchos de ellos, detenidos m?s tarde, recibieron la muerte con verdadero hero?smo.

Todo el mundo ten?a instrucciones muy precisas de ser, ante todo, humanos en la lucha. Nunca un grupo de hombres armados fue m?s generoso con el adversario. Se hicieron desde los primeros momentos numerosos prisioneros, cerca de veinte en firme; y hubo un instante, al principio, en que tres hombres nuestros, de los que hab?an tomado la posta: Ramiro Vald?s, Jos? Su?rez y Jes?s Montan?, lograron penetrar en una barraca y detuvieron durante un tipo a cerca de cincuenta soldados. Estos prisioneros declararon ante el tribunal, y todos sin excepci?n han reconocido que se les trat? con absoluto respeto, sin tener que sufrir ni siquiera una palabra vejaminosa. Sobre este aspecto s? tengo que agradecerle algo, de coraz?n, al se?or fiscal: que en el juicio donde se juzg? a mis compa?eros, al hacer su informe, tuvo la justicia de reconocer como un hecho indudable el alt?simo esp?ritu de caballerosidad que mantuvimos en la lucha.

La disciplina por parte del Ej?rcito fue bastante mala. Vencieron en ?ltimo t?rmino por el n?mero, que les daba una superioridad de quince a uno, y por la protecci?n que les brindaban las defensas de la fortaleza. Nuestros hombres tiraban mucho mejor y ellos mismos lo reconocieron. El valor humano fue igualmente alto de parte y parte.

Considerando las causas del fracaso t?ctico, aparte del lamentable error mencionado, estimo que fue una falta nuestra dividir la unidad de comandos que hab?amos entrenado cuidadosamente. De nuestros mejores hombres y m?s audaces jefes, hab?a veintisiete en Bayamo, veintiuno en el Hospital Civil y diez en el Palacio de Justicia; de haber hecho otra distribuci?n, el resultado pudo haber sido distinto. El choque con la patrulla (totalmente casual, pues veinte segundos antes o veinte segundos despu?s no habr?a estado en ese punto) dio tiempo a que se movilizara el campamento, que de otro modo habr?a ca?do en nuestras manos sin disparar un tiro, pues ya la posta estaba en nuestro poder. Por otra parte, salvo los fusiles calibre 22 que estaban bien provistos, el parque de nuestro lado era escas?simo. De haber tenido nosotros granadas de mano, no hubieran podido resistir quince minutos.

Cuando me convenc? de que todos los esfuerzos eran ya in?tiles para tomar la fortaleza, comenc? a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis francotiradores que, al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al Ej?rcito. Nuestras p?rdidas en la lucha hab?an sido insignificantes; el noventa y cinco por ciento de nuestros muertos fueron producto de la crueldad y la inhumanidad cuando aqu?lla hubo cesado. El grupo del Hospital Civil no tuvo m?s que una baja; el resto fue copado al situarse las tropas frente a la ?nica salida del edificio, y s?lo depusieron las armas cuando no les quedaba una bala. Con ellos estaba Abel Santamar?a, el m?s generoso, querido e intr?pido de nuestros j?venes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante al historia de Cuba. Ya veremos la suerte que corrieron y c?mo quiso escarmentar Batista la rebeld?a y hero?smo de nuestra juventud.

Nuestros planes eran proseguir la lucha en las monta?as caso de fracasar el ataque al regimiento. Pude reunir otra vez, en Siboney, la tercera parte de nuestras fuerzas; pero ya muchos estaban desalentados. Unos veinte decidieron presentarse; ya veremos tambi?n lo que ocurri? con ellos. El resto, dieciocho hombres, con las armas y el parque que quedaban, me siguieron a las monta?as. El terreno era totalmente desconocido para nosotros. Durante una semana ocupamos la parte alta de la cordillera de la Gran Piedra y el Ej?rcito ocup? la base. Ni nosotros pod?amos bajar ni ellos se decidieron a subir. No fueron, pues, las armas; fueron el hambre y la sed quienes vencieron la ?ltima resistencia. Tuve que ir disminuyendo los hombres en peque?os grupos; algunos consiguieron filtrarse entre las l?neas del Ej?rcito, otros fueron presentados por monse?or P?rez Serantes. Cuando s?lo quedaban conmigo dos compa?eros: Jos? Su?rez y Oscar Alcalde, totalmente extenuados los tres, al amanecer del s?bado 1? de agosto, una fuerza del mando del teniente Sarr?a nos sorprendi? durmiendo. Ya la matanza de prisioneros hab?a cesado por la tremenda reacci?n que provoc? en la ciudadan?a, y este oficial, hombre de honor, impidi? que algunos matones nos asesinasen en el campo con las manos atadas.

No necesito desmentir aqu? las est?pidas sandeces que, para mancillar mi nombre, inventaron los Ugalde Carrillo y su comparsa, creyendo encubrir su cobard?a, su incapacidad y sus cr?menes. Los hechos est?n sobradamente claros.

Mi prop?sito no es entretener al tribunal con narraciones ?picas. Todo cuanto he dicho es necesario para la comprensi?n m?s exacta de lo que dir? despu?s.

Quiero hacer constar dos cosas importantes para que se juzgue serenamente nuestra actitud. Primero: pudimos haber facilitado la toma del regimiento deteniendo simplemente a todos los altos oficiales en sus residencias, posibilidad que fue rechazada, por la consideraci?n muy humana de evitar escenas de tragedia y de lucha en las casas de las familias. Segundo: se acord? no tomar ninguna estaci?n de radio hasta tanto no se tuviese asegurado el campamento. Esta actitud nuestra, pocas veces vista por su gallard?a y grandeza, le ahorr? a la ciudadan?a un r?o de sangre. Yo pude haber ocupado, con s?lo diez hombres, una estaci?n de radio y haber lanzado al pueblo a la lucha. De su ?nimo no era posible dudar: ten?a el ?ltimo discurso de Eduardo Chib?s en la CMQ, grabado con sus propias palabras, poemas patri?ticos e himnos de guerra capaces de estremecer al m?s indiferente, con mayor raz?n cuando se est? escuchando el fragor del combate, y no quise hacer uso de ellos, a pesar de lo desesperado de nuestra situaci?n.

Se ha repetido con mucho ?nfasis por el gobierno que l pueblo no secund? el movimiento. Nunca hab?a o?do una afirmaci?n tan ingenua y, al propio tiempo, tan llena de mala fe. Pretenden evidenciar con ello la sumisi?n y cobard?a del pueblo; poco falta para que digan que respalda a la dictadura, y no saben cu?nto ofenden con ello a los bravos orientales. Santiago de Cuba crey? que era una lucha entre soldados, y no tuvo conocimiento de lo que ocurr?a hasta muchas horas despu?s. ?Qui?n duda del valor, el civismo y el coraje sin l?mites del rebelde y patri?tico pueblo de Santiago de Cuba? Si el Moncada hubiera ca?do en nuestras manos, ?hasta las mujeres de Santiago de Cuba habr?an empu?ado las armas! ?Muchos fusiles se los cargaron a los combatientes las enfermeras del Hospital Civil! Ellas tambi?n pelearon. Eso no lo olvidaremos jam?s.


No fue nunca nuestra intenci?n luchar con los soldados del regimiento, sino apoderarnos por sorpresa del control y de las armas, llamar al pueblo, reunir despu?s a los militares e invitarlos a abandonar la odiosa bandera de la tiran?a y abrazar la de la libertad, defender los grandes intereses de la naci?n y no los mezquinos intereses de un grupito; virar las armas y disparar contra los enemigos del pueblo, y no contra el pueblo, donde est?n sus hijos y sus padres; luchar junto a ?l, como hermanos que son, y no frente a ?l, como enemigos que quieren que sean; ir unidos en pos del ?nico ideal hermosos y digno de ofrendarle la vida, que es la grandeza y felicidad de la patria. A los que dudan que muchos soldados se hubieran sumado a nosotros, yo les pregunto: ?Qu? cubano no ama la gloria? ?Qu? alma no se enciende en un amanecer de libertad?

El cuerpo de la Marina no combati? contra nosotros, y se hubiera sumado sin duda despu?s. Se sabe que ese sector de las Fuerzas Armadas es el menos adicto a la tiran?a y que existe entre sus miembros un ?ndice muy elevado de conciencia c?vica. Pero en cuanto al resto del Ej?rcito nacional, ?hubiera combatido contra el pueblo sublevado? Yo afirmo que no. El soldado es un hombre de carne y hueso, que piensa, que observa y que siente. Es susceptible a la influencia de las opiniones, creencias, simpat?as y antipat?as del pueblo. Si se le pregunta su opini?n dir? que no puede decirla; pero eso no significa que carezca de opini?n. Le afectan exactamente los mismos problemas que a los dem?s ciudadanos conciernen: subsistencia, alquiler, la educaci?n de los hijos, el porvenir de ?stos, etc?tera. Cada familiar es un punto de contacto inevitable entre ?l y el pueblo y la situaci?n presente y futura de la sociedad en que vive. Es necio pensar que porque un soldado reciba un sueldo del Estado, bastante m?dico, haya resuelto las preocupaciones vitales que le imponen sus necesidades, deberes y sentimientos como miembro de una familia y de una colectividad social.

Ha sido necesaria esta breve explicaci?n porque es el fundamento de un hecho en que muy pocos han pensado hasta el presente: el soldado siente un profundo respeto por el sentimiento de la mayor?a del pueblo. Durante el r?gimen de Machado, en la misma medida en que crec?a la antipat?a popular, decrec?a visiblemente la fidelidad del Ej?rcito, a extremos que un grupo de mujeres estuvo a punto de sublevar el campamento de Columbia. Pero m?s claramente prueba de esto un hecho reciente: mientras el r?gimen de Grau San Mart?n manten?a en el pueblo su m?xima popularidad, proliferaron en el Ej?rcito, alentadas por ex militares sin escr?pulos y civiles ambiciosos, infinidad de conspiraciones, y ninguna de ellas encontr? eco en la masa de los militares.

LA SEGUNDA PARTE

LA TERCERA Y ULTIMA PARTE
Realizado por Mal_fica @ 13:10  | Otros
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