Mi?rcoles, 21 de diciembre de 2005
Hace 52 a?os, el 26 de julio de 1953, un grupo de j?venes encabezados por Fidel Castro atac? el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y el cuartel de la ciudad de Bayamo.

El ataque al Moncada, aunque fue un fracaso militar, represent? el inicio de la revoluci?n cubana, que triunf? el 1 de enero de 1959, tras la fuga al extranjero del gobernante Fulgencio Batista.

Batista hab?a sido acusado por Fidel Castro y sus compa?eros de usurpar el poder en 1952 y no respetar la Constituci?n democr?tica de 1940.

Tras el ataque al Moncada, muchos de los j?venes asaltantes fueron asesinados.

El Dr. Fidel Castro, quien fue capturado pocos d?as despu?s en las monta?as, era abogado y llev? a cabo su propia defensa, donde pronuncio un historico discurdo llamado "La historia me absolver?".

PRIMERA PARTE

LA SEGUNDA PARTE

...El primer prisionero asesinado fue nuestro m?dico, el doctor Mario Mu?oz, que no llevaba armas ni uniforme y vest?a su bata de galeno, un hombre generoso y competente que hubiera atendido con la misma devoci?n tanto al adversario como al amigo herido. En el camino del Hospital Civil al cuartel le dieron un tiro por la espalda y all? lo dejaron tendido boca abajo en un charco de sangre. Pero la matanza en masa de prisioneros no comenz? hasta pasadas las 3:00 de la tarde. Hasta esa hora esperaron ?rdenes. Lleg? entonces de La Habana el general Mart?n D?az Tamayo, quien trajo instrucciones concretas salidas de una reuni?n donde se encontraban Batista, el jefe del Ej?rcito, el jefe del SIM, el propio D?az Tamayo y oros. Dijo que "era una verg?enza y un deshonor para el Ej?rcito haber tenido en el combate tres veces m?s bajas que los atacantes y que hab?a que matar diez prisioneros por cada soldado muerto". ??sta fue la orden!.

En todo grupo humano hay hombres que bajos instintos, criminales natos, bestias portadoras de todos los atavismos ancestrales revestidas de forma humana, monstruos refrenados por la disciplina y el h?bito social, pero que si se les da a beber sangre en un r?o no cesar?n hasta que los haya secado. Lo que estos hombres necesitan precisamente era esa orden. En sus manos precio lo mejor de Cuba: lo m?s valiente, lo m?s honrado, lo m?s idealista. El tirano los llam? mercenarios, y all? estaban ellos muriendo como h?roes en manos de hombres que cobran un sueldo de la Rep?blica y que con las armas que ella les entreg? para que la defendieran sirven los intereses de una pandilla y asesinan a los mejores ciudadanos.

En medio de las torturas les ofrec?an la vida si traicionando su posici?n ideol?gica se prestaban a declarar falsamente que Pr?o les hab?a dado el dinero, y como ellos rechazaban indignados la proposici?n, continuaban tortur?ndolos horriblemente. Les trituraron los test?culos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudic?, ni se oy? un lamento ni una s?plica: aun cuando los hab?an privado de sus ?rganos viriles, segu?an siendo mil veces m?s hombres que todos sus verdugos juntos. Las fotograf?as no mientan y esos cad?veres aparecen destrozados. Ensayaron otros medios; no pod?an con el valor de los hombres y probaron el valor de las mujeres. Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban las compa?eras Melba Hern?ndez y Hayd?e Santamar?a, y dirigi?ndose a la ?ltima mostr?ndole el ojo, le dijeron: "Este es de tu hermano, si t? no dices lo que no quiso decir, le arrancaremos el otro." Ella, que quer?a a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contest? llena de dignidad: "Si ustedes le arrancaron un ojo y ?l no lo dijo, mucho menos lo dir? yo." M?s tarde volvieron y las quemaron en los brazos con colillas encendidas, hasta que por ?ltimo, llenos de despecho, le dijeron nuevamente a la joven Hayd?e Santamar?a: "Ya no tienes novio porque te lo hemos matado tambi?n." Y ella les contest? imperturbable otra vez: "?l no est? muerto, porque morir por la patria es vivir." Nunca fue puesto en un lugar tan alto de hero?smo y dignidad el nombre de la mujer cubana.

No respetaron ni siquiera a los heridos en el combate que estaban recluidos en distintos hospitales de la ciudad, adonde los fueron a buscar como buitres que siguen la presa. En el Centro Gallego penetraron hasta el sal?n de operaciones en el instante mismo que recib?an transfusi?n de sangre dos heridos graves; los arrancaron de las mesas y como no pod?an estar en pie, los llevaron arrastrando hasta la planta baja donde llegaron cad?veres.

No pudieron hacer lo mismo en la Colonia Espa?ola, donde estaban recluidos los compa?eros Gustavo Arcos y Jos? Ponce, porque se los impidi? valientemente el doctor Posada dici?ndoles que tendr?an que pasar sobre su cad?ver.

A Pedro Miret, Abelardo Crespo y Fidel Labrador les inyectaron aire y alcanfor en las venas para matarlos en el Hospital Militar. Deben sus vidas al capit?n Tamayo, m?dico del Ej?rcito y verdadero militar de honor, que a punta de pistola se los arrebat? a los verdugos y los traslad? al Hospital Civil. Estos cinco j?venes fueron los ?nicos heridos que pudieron sobrevivir.

Por las madrugadas eran sacados del campamento grupos de hombres y trasladados en autom?viles a Siboney, La Maya, Songo y otros lugares, donde se les bajaba atados y amordazados, ya deformados por las torturas, para matarlos en parajes solitarios. Despu?s los hac?an constar como muertos en combate con el Ej?rcito. Esto lo hicieron durante varios d?as y muy pocos prisioneros de los que iban siendo detenidos sobrevivieron. A muchos los obligaron antes a cavar su propia sepultura. Uno de los j?venes, cuando realizaba aquella operaci?n, se volvi? y marc? en el rostro con la pica a uno de los asesinos. A otros, inclusive, los enterraron vivos con las manos atadas a la espalda. Muchos lugares solitarios sirven de cementerio a los valientes. Solamente en el campo de tiro del Ej?rcito hay cinco enterrados. Alg?n d?a ser?n desenterrados y llevados en hombros del pueblo hasta el monumento que, junto a la tumba de Mart?, la patria libre habr? de levantarles a los "M?rtires del Centenario".

El ?ltimo joven que asesinaron en la zona de Santiago de Cuba fue Marcos Mart?. Lo hab?an detenido en una cueva en Siboney el jueves 30 por la ma?ana junto con el compa?ero Ciro Redondo. Cuando los llevaban caminando por la carretera con los brazos en alto, le dispararon al primero un tiro por la espalda y ya en el suelo lo remataron con varias descargas m?s. Al segundo lo condujeron hasta el campamento; cuando lo vio el comandante P?rez Chaumont exclam?: "?Y a ?ste para qu? me lo han tra?do!" El tribunal pudo escuchar la narraci?n del hecho por boca de este joven que sobrevivi? gracias a lo que P?rez Chaumont llam? "una estupidez de los soldados".

La consigna era general en toda la provincia. Diez d?as despu?s del 26, un peri?dico de esta ciudad public? la noticia de que, en la carretera de Manzanillo a Bayamo, hab?an aparecido dos j?venes ahorcados. M?s tarde se supo que eran los cad?veres de Hugo Camejo y Pedro V?liz. All? tambi?n ocurri? algo extraordinario; las v?ctimas eran tres; los hab?an sacado del cuartel de Manzanillo a las 2:00 de la madrugada; en un punto de la carretera los bajaron y despu?s de golpearlos hasta hacerles perder el sentido, los estrangularon con una soga. Pero cuando ya los hab?an dejado por muertos, uno de ellos, Andr?s Garc?a, recobr? el sentido, busc? refugio en casa de un campesino y gracias a ello tambi?n el tribunal pudo conocer con todo lujo de detalles el crimen. Este joven fue el ?nico sobreviviente de todos los prisioneros que se hicieron en la zona de Bayamo.

Cerca del r?o Cauto, en un lugar conocido por Barrancas, yacen en el fondo de un pozo ciego los cad?veres de Ra?l de Aguiar, Armando Valle y Andr?s Vald?s, asesinados a medianoche en el camino de Alto Cedro a Palma Soriano por el sargento Montes de Oca, jefe de puesto del cuartel de Miranda, el cabo Maceo y el teniente jefe de Alto Cedro, donde aqu?llos fueron detenidos.

En los anales del crimen merece menci?n de honor el sargento Eulalio Gonz?lez, del cuartel Moncada, apodado "El Tigre". Este hombre no ten?a despu?s el menor empacho para jactarse de sus tristes haza?as. Fue ?l quien con sus propias manos asesin? a nuestro compa?ero Abel Santamar?a. Pero no estaba satisfecho. Un d?a en que volv?a de la prisi?n de Boniato, en cuyos patios sostiene una cr?a de gallos finos, mont? el mismo ?mnibus donde viajaba la madre de Abel. Cuando aquel monstruo comprendi? de quien se trataba, comenz? a referir en alta voz sus proezas y dijo bien alto para que lo oyera la se?ora vestida de luto: "Pues yo s? saqu? muchos ojos y pienso seguirlos sacando." Los sollozos de aquella madre ante la afrenta cobarde que le infer?a el propio asesino de su hijo, expresan mejor que ninguna palabra el oprobio moral sin precedentes que est? sufriendo nuestra patria. A esas mismas madres, cuando iban al cuartel Moncada preguntando por sus hijos, con cinismo inaudito les contestaban: "?C?mo no, se?ora!; vaya a verlo al hotel Santa Ifigenia donde se lo hemos hospedado." ?O Cuba no es Cuba, o los responsables de estos hechos tendr?n que sufrir un escarmiento terrible! Hombres desalmados que insultaban groseramente al pueblo cuando se quitaban los sombreros al paso de los cad?veres de los revolucionarios.

Tantas fueron las v?ctimas que todav?a el gobierno no se ha atrevido a dar las listas completas, saben que las cifras no guardan proporci?n alguna. Ellos tienen los nombres de todos los muertos porque antes de asesinar a los prisioneros les tomaban las generales. Todo ese largo tr?mite de identificaci?n a trav?s del Gabinete Nacional fue pura pantomima; y hay familias que no saben todav?a la suerte de sus hijos. Si ya han pasado casi tres meses, ?por qu? no se dice la ?ltima palabra?

Quiero hacer constar que a los cad?veres se les registraron los bolsillos buscando hasta el ?ltimo centavo y se les despoj? de las prendas personales, anillos y relojes, que hoy est?n usando descaradamente los asesinos.

Gran parte de lo que acabo de referir ya lo sab?ais vosotros, se?ores magistrados, por las declaraciones de mis compa?eros. Pero v?ase c?mo no han permitido venir a este juicio a muchos testigos comprometedores y que en cambio asistieron a las sesiones del otro juicio. Faltaron, por ejemplo, todas las enfermeras del Hospital Civil, pese a que est?n aqu? al lado nuestro, trabajando en el mismo edificio donde se celebra esta sesi?n; no las dejaron comparecer para que no pudieran afirmar ante el tribunal, contestando a mis preguntas, que aqu? fueron detenidos veinte hombres vivos, adem?s del doctor Mario Mu?oz. Ellos tem?an que el interrogatorio a los testigos yo pudiese hacer deducir por escrito testimonios muy peligrosos.

Pero vino el comandante P?rez Chaumont y no pudo escapar. Lo que ocurri? con este h?roe de batallas contra hombres sin armas y maniatados, da idea de lo que hubiera pasado en el Palacio de Justicia si no me hubiesen secuestrado del proceso. Le pregunt? cu?ntos hombres nuestros hab?an muerto en sus c?lebres combates de Siboney. Titube?. Le insist?, y me dijo por fin que veintiuno. Como yo s? que esos combates no ocurrieron nunca, le pregunt? cu?ntos heridos hab?amos tenido. Me contest? que ninguno: todos eran muertos. Por eso, asombrado, le repuse que si el Ej?rcito estaba usando armas at?micas. Claro que donde hay asesinados a boca de jarro no hay heridos. Le pregunt? despu?s cu?ntas bajas hab?a tenido el Ej?rcito. Me contest? que dos heridos. Le pregunt? por ?ltimo que si alguno de esos heridos hab?a muerto, y me dijo que no. Esper?. Desfilaron m?s tarde todos los heridos del Ej?rcito y result? que ninguno lo hab?a sido en Siboney. Ese mismo comandante P?rez Chaumont, que apenas se ruborizaba de haber asesinado veinti?n j?venes indefensos, ha construido en la playa de Ciudamar un palacio que vale m?s de cien mil pesos. Sus ahorritos en s?lo unos meses de marzato. ?Y si eso ha ahorrado el comandante, cu?nto habr?n ahorrado los generales!.

Se?ores magistrados: ?D?nde est?n nuestros compa?eros detenidos los d?as 26, 27, 28 y 29 de julio, que se sabe pasaban de sesenta en la zona de Santiago de Cuba? solamente tres y las dos muchachas han comparecido, los dem?s sancionados fueron todos detenidos m?s tarde. ?D?nde est?n nuestros compa?eros heridos? Solamente cinco han aparecido: al resto lo asesinaron tambi?n. Las cifras son irrebatibles. Por aqu?, en cambio, han desfilado veinte militares que fueron prisioneros nuestros y que seg?n sus propias palabras no recibieron ni una ofensa. Por aqu? han desfilado treinta heridos del Ej?rcito, muchos de ellos en combates callejeros, y ninguno fue rematado. Si el Ej?rcito tuvo diecinueve muertos y treinta heridos, ?c?mo es posible que nosotros hayamos tenido ochenta muertos y cinco heridos? ?Qui?n vio nunca combates de veinti?n muertos y ning?n herido como los famosos de P?rez Chaumont?

Ah? est?n las cifras de bajas en los recios combates de la Columna Invasora en la guerra del 95, tanto aquellos en que salieron victoriosas como en los que fueron vencidas las armas cubanas: combate de Los Indios, en Las Villas: doce heridos, ning?n muerto; combate de Mal Tiempo: cuatro muertos, veintitr?s heridos; combate de Calimete: diecis?is muertos, sesenta y cuatro heridos; combate de La Palma: treinta y nueve muertos, ochenta y ocho heridos; combate de Cacaraj?cara: cinco muertos, trece heridos; combate del Descanso: cuatro muertos, cuarenta y cinco heridos; combate de San Gabriel del Lombillo: dos muertos, dieciocho heridos... en todos absolutamente el n?mero de heridos es dos veces, tres veces y hasta diez veces mayor que el de muertos. No exist?an entonces los modernos adelantos de la ciencia m?dica que disminuyen la proporci?n de muertos. ?C?mo puede explicarse la fabulosa proporci?n de diecis?is muertos por un herido, si no es rematando a ?stos en los mismos hospitales y asesinando despu?s a los indefensos prisioneros? Estos n?meros hablan sin r?plica posible.

"Es una verg?enza y un deshonor para el Ej?rcito haber tenido en el combate tres veces m?s bajas que los atacantes; hay que matar diez prisioneros por cada soldado muerto..." ?se es el concepto que tienen del honor los cabos furrieles ascendidos a generales del 10 de marzo, y ?se es el honor que le quieren imponer al Ej?rcito nacional. Honor falso, honor fingido, honor de apariencia que se basa en la mentira, la hipocres?a y el crimen; asesinos que amasan con sangre una careta de honor. ?Qui?n les dijo que morir peleando es un deshonor? ?Qui?n les dijo que el honor de un Ej?rcito consiste en asesinar heridos y prisioneros de guerra?

En las guerras los ej?rcitos que asesinan a los prisioneros se han ganado siempre el desprecio y la execraci?n del mundo. Tama?a cobard?a no tiene justificaci?n ni aun trat?ndose de enemigos de la patria invadiendo el territorio nacional. Como escribi? un libertador de la Am?rica del Sur, "ni la m?s estricta obediencia militar puede cambiar la espada del soldado en cuchilla de verdugo." El militar de honor no asesina al prisionero indefenso despu?s del combate, sino que lo respeta; no remata al herido, sino que lo ayuda; impide el crimen y si no puede impedirlo hace como aquel capit?n espa?ol que al sentir los disparos con que fusilaban a los estudiantes quebr? indignado su espada y renunci? a seguir sirviendo a aquel ej?rcito.

Los que asesinaron a los prisioneros no se comportaron como dignos compa?eros de los que murieron. Yo vi muchos soldados combatir con magn?fico valor, como aqu?llos de la patrulla que dispararon contra nosotros sus ametralladoras en un combate casi cuerpo a cuerpo o aquel sargento que desafiando la muerte se apoder? de la alarma para movilizar el campamento. Unos est?n vivos, me alegro; otros est?n muertos; s?lo siento que hombres valerosos caigan defendiendo una mala causa. Cuando Cuba sea libre, debe respetar, amparar y ayudar tambi?n a las mujeres y los hijos de los valientes que cayeron frente a nosotros. Ellos son inocentes de las desgracias de Cuba, ellos son otras tantas v?ctimas de esta nefasta situaci?n.

Pero el honor que ganaron los soldados para las armas murieron en combate lo mancillaron los generales mandando asesinar prisioneros despu?s del combate. Hombres que se hicieron generales de la madrugada al amanecer sin haber disparado un tiro, que compraron sus estrellas con alta traici?n a la Rep?blica, que mandan asesinar los prisioneros de un combate en que no participaron: ?sos son los generales del 10 de marzo, generales que no habr?an servido ni para arrear las mulas que cargaban la impedimenta del Ej?rcito de Antonio Maceo.

Si el Ej?rcito tuvo tres veces m?s bajas que nosotros fue porque nuestros hombres estaban magn?ficamente entrenados, como ellos mismos dijeron, y porque se hab?an tomado medidas t?cticas adecuadas como ellos mismos reconocieron. Si el Ej?rcito no hizo un papel m?s brillante, si fue totalmente sorprendido pese a los millones que se gasta el SIM en espionaje, si sus granadas de mano no explotaron porque estaban viejas, se debe a que tiene generales como Mart?n D?az Tamayo y coroneles como Ugalde Carrillo y Alberto del R?o Chaviano. No fueron diecisiete traidores metidos en las filas del Ej?rcito como el 10 de marzo, sino ciento sesenta y cinco hombres que atravesaron la Isla de un extrema a otro para afrontar la muerte a cara descubierta. Si esos jefes hubieran tenido honor militar habr?an renunciado a sus cargos en vez de lavar su verg?enza y su incapacidad personal en la sangre de los prisioneros.

Matar prisioneros indefensos y despu?s decir que fueron muertos en combate, ?sa es toda la capacidad militar de los generales del 10 de marzo. As? actuaban en los a?os m?s crueles de nuestra guerra de independencia los peores matones de Valeriano Weyler. Las Cr?nicas de la guerra nos narran el siguiente pasaje: "El d?a 23 de febrero entr? en Punta Brava el oficial Baldomero Acosta con alguna caballer?a, al tiempo que, por el camino opuesto, acud?a un pelot?n del regimiento Pizarro al mando de un sargento, all? conocido por Barriguilla. Los insurrectos cambiaron algunos tiros con la gente de Pizarro, y se retiraron por el camino que une a Punta Brava con el caser?o de Guatao. A los cincuenta hombres de Pizarro segu?a una compa??a de voluntarios de Marianao y otra del cuerpo de Orden P?blico, al mando del capit?n Calvo [...] Siguieron marcha hacia Guatao, y al penetrar la vanguardia en el caser?o se inici? la matanza contra el vecindario pac?fico; asesinaron a doce habitantes del lugar. [...] Con la mayor celeridad la columna que mandaba el capit?n Calvo, ech? mano a todos os vecinos que corr?an por el pueblo, y amarr?ndolos fuertemente en calidad de prisioneros de guerra, los hizo marchar para La Habana. [...] No saciados a?n con los atropellos cometidos en las afueras de Guatao, llevaron a remate otra b?rbara ejecuci?n que ocasion? la muerte a uno de los presos y terribles heridas a los dem?s. El marqu?s de Cervera, militar palatino y foll?n, comunic? a Weyler la costos?sima victoria obtenida por las armas espa?olas; pero el comandante Zugasti, hombre de pundonor, denunci? al gobierno lo sucedido, y calific? de asesinatos de vecinos pac?ficos las muertes perpetradas por el facineroso capit?n Calvo y el sargento Barriguilla.

"La intervenci?n de Weyler en este horrible suceso y su alborozo al conocer los pormenores de la matanza, se descubre de un modo palpable en el despacho oficial que dirigi? al ministro de la Guerra a ra?z de la cruenta inmolaci?n. "Peque?a columna organizada por comandante militar Marianao con fuerzas de la guarnici?n, voluntarios y bomberos a las ?rdenes del capit?n Calvo de Orden p?blico, bati?, destroz?ndolas, partidas de Villanueva y Baldomero Acosta cerca de Punta Brava (Guatao), caus?ndoles veinte muertos, que entreg?, para su enterramiento al alcalde Guatao, haci?ndoles quince prisioneros, entre ellos un herido [...] y suponiendo llevan muchos heridos; nosotros tuvimos un herido grave, varios leves y contusos. Weyler"."

?En qu? se diferencia este parte de guerra de Weyler de los partes del coronel Chaviano dando cuenta de las victorias del comandante P?rez Chaumont? S?lo en que Weyler comunic? veinte muertos y Chaviano comunic? veintiuno; Weyler menciona un soldado herido en sus filas, Chaviano menciona dos; Weyler habla de un herido y quince prisioneros en el campo enemigo, Chaviano no habla de heridos ni prisioneros.

Igual que admir? el valor de los soldados que supieron morir, admiro y reconozco que muchos militares se portaron dignamente y no se mancharon las manos en aquella org?a de sangre. No pocos prisioneros que sobrevivieron les deben la vida a la actitud honorable de militares como el teniente Sarr?a, el teniente Camps, el capit?n Tamayo y otros que custodiaron caballerosamente a los detenidos. Si hombres como ?sos no hubiesen salvado en parte el honor de las Fuerzas Armadas, hoy ser?a m?s honroso llevar arriba un trapo de cocina que un uniforme.

Para mis compa?eros muertos no clamo venganza. Como sus vidas no ten?an precio, no podr?an pagarlas con las suyas todos los criminales juntos. No es con sangre como pueden pagarse las vidas de los j?venes que mueren por el bien de un pueblo; la felicidad de ese pueblo es el ?nico precio digno que puede pagarse por ellas.

Mis compa?eros, adem?s, no est?n ni olvidados ni muertos; viven hoy m?s que nunca y sus matadores han de ver aterrorizados c?mo surge de sus cad?veres heroicos el espectro victorioso de su ideas. Que hable por m? el Ap?stol: "Hay un l?mite al llanto sobre las sepulturas de los muertos, y es el amor infinito a la patria y a la gloria que se jura sobre sus cuerpos, y que no teme ni se abata ni se debilita jam?s; porque los cuerpos de los m?rtires son el altar m?s hermoso de la honra."

[...] Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida,
La muerte acaba, la prisi?n se rompe;
?Empieza, al fin, con el morir, la vida!

Hasta aqu? me he concretado casi exclusivamente a los hechos. Como no olvido que estoy delante de un tribunal de justicia que me juzga, demostrar? ahora que ?nicamente de nuestra parte est? el derecho y que la sanci?n impuesta a mis compa?eros y la que se pretende imponerme no tiene justificaci?n ante la raz?n, ante la sociedad y ante la verdadera justicia.

Quiero ser personalmente respetuoso con los se?ores magistrados y os agradezco que no ve?is en la rudeza de mis verdades ninguna animadversi?n contra vosotros. Mis razonamientos van encaminados s?lo a demostrar lo falso y err?neo de la posici?n adoptada en la presente situaci?n por todo el Poder Judicial, del cual cada tribunal no es m?s que una simple pieza obligada a marchar, hasta cierto punto, por el mismo sendero que traza la m?quina, sin que ellos justifique, desde luego, a ning?n hombre a actuar contra sus principios. S? perfectamente que la m?xima responsabilidad le cabe a la alta oligarqu?a que sin un gesto digno se pleg? servilmente a los dictados del usurpador traicionando a la naci?n y renunciando a la independencia del Poder Judicial. Excepciones honrosas han tratado de remendar el maltrecho honor con votos particulares, pero el gesto de la exigua minor?a apenas ha trascendido, ahogado por actitudes de mayor?as sumisas y ovejunas. Este fatalismo, sin embargo, no me impedir? exponer la raz?n que me asiste. Si el traerme ante este tribunal no es m?s que pura comedia para darle apariencia de legalidad y justicia a lo arbitrario, estoy dispuesto a rasgar con mano firme el velo infame que cubre tanta desverg?enza. Resulta curioso que los mismos que me traen ante vosotros para que se me juzgue y condene no han acatado una sola orden de este tribunal.

Si este juicio, como hab?is dicho, es el m?s importante que se ha ventilado ante un tribunal desde que se instaur? la Rep?blica, lo que yo diga aqu? quiz?s se pierda en la conjura de silencio que me ha querido imponer la dictadura, pero sobre lo que vosotros hag?is, la posteridad volver? muchas veces los ojos. Pensad que ahora est?is juzgando a un acusado, pero vosotros, a su vez, ser?is juzgados no una vez, sino muchas, cuantas veces el presente sea sometido a la cr?tica demoledora del futuro. Entonces lo que yo diga aqu? se repetir? muchas veces, no porque se haya escuchado de mi boca, sino porque el problema de la justicia es eterno, y por encima de las opiniones de los jurisconsultos y te?ricos, el pueblo tiene de ella un profundo sentido. Los pueblos poseen una l?gica sencilla pero implacable, re?ida con todo lo absurdo y contradictorio, y si alguno, adem?s, aborrece con toda su alma el privilegio y la desigualdad, ?se es el pueblo cubano. Sabe que la justicia se representa con una doncella, una balanza y una espada. Si la ve postrarse cobarde ante unos y blandir furiosamente el arma sobre otros, se la imaginar? entonces como una mujer prostituida esgrimiendo un pu?al. Mi l?gica, es la l?gica sencilla del pueblo.

Os voy a referir una historia. Hab?a una vez una rep?blica. Ten?a su Constituci?n, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podr?a reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfac?a al pueblo, pero el pueblo pod?a cambiarlo y ya s?lo faltaban unos d?as para hacerlo. Exist?a una opini?n p?blica respetada y acatada y todos los problemas de inter?s colectivo eran discutidos libremente. Hab?a partidos pol?ticos, horas doctrinales de radio, programas pol?micos de televisi?n, actos p?blicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo hab?a sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y ten?a derecho a ello. Lo hab?an enga?ado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Cre?a ciegamente que ?ste no podr?a volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y viv?a engre?do de que ella ser?a respetada como cosa sagrada; sent?a una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrever?a a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democr?ticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo ve?a cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.

?Pobre pueblo! Una ma?ana la ciudadan?a se despert? estremecida; a las sombras de la noche los espectros del pasado se hab?an conjurado mientras ella dorm?a, y ahora la ten?an agarrada por las manos, por los pies y por el cuello. Aquellas garras eran conocidas, aquellas fauces, aquellas guada?as de muerte, aquellas botas... No; no era una pesadilla; se trataba de la triste y terrible realidad: un hombre llamado Fulgencio Batista acababa de cometer el horrible crimen que nadie esperaba.

Ocurri? entonces que un humilde ciudadano de aquel pueblo, que quer?a creer en las leyes de la Rep?blica y en la integridad de sus magistrados a quienes hab?a visto ensa?arse muchas veces contra los infelices, busc? un C?digo de Defensa Social para ver qu? castigos prescrib?a la sociedad para el autor de semejante hecho, y encontr? lo siguiente:

"Incurrir? en una sanci?n de privaci?n de libertad de seis a diez a?os el que ejecutare cualquier hecho encaminado directamente a cambiar en todo o en parte, por medio de la violencia, la Constituci?n del Estado o la forma de gobierno establecida."

"Se impondr? una sanci?n de privaci?n de libertad de tres a diez a?os al autor de un hecho dirigido a promover un alzamiento de gentes armadas contra los Poderes Constitucionales del Estado. La sanci?n ser? de privaci?n de libertad de cinco a veinte a?os si se llevare a efecto la insurrecci?n".

"El que ejecutare un hecho con el fin determinado de impedir, en todo o en parte, aunque fuere temporalmente al Senado, a la c?mara de Representantes, al Representantes, al Presidente de la Rep?blica o al Tribunal Supremo de Justicia, el ejercicio de sus funciones constitucionales, incurrir? en un sanci?n de privaci?n de libertad de seis a diez a?os.

"El que tratare de impedir o estorbar la celebraci?n de elecciones generales; [...] incurrir? en una sanci?n de privaci?n de libertad de cuatro a ocho a?os.

"El que introdujere, publicare, propagare o tratare de hacer cumplir en Cuba, despacho, orden o decreto que tienda [...] a provocar la inobservancia de las leyes vigentes, incurrir? en una sanci?n de privaci?n de libertad de dos a?os a seis a?os."

"El que sin facultad legar para ello ni orden del Gobierno, tomare el mando de tropas, plazas, fortalezas, puestos militares, poblaciones o barcos o aeronaves de guerra incurrir? en una sanci?n de privaci?n de libertad de cinco a diez a?os.

"Igual sanci?n se impondr? al que usurpare el ejercicio de una funci?n atribuida por la Constituci?n como propia de alguno de los Poderes del Estado."

Sin decir una palabra a nadie, con el C?digo en una mano y los papeles en otra, el mencionado ciudadano se present? en el viejo caser?n de la capital donde funcionaba el tribunal competente, que estaba en la obligaci?n de promover causa y castigar a los responsables de aquel hecho, y present? un escrito denunciando los delitos y pidiendo para Fulgencio Batista y sus diecisiete c?mplices la sanci?n de ciento ocho a?os de c?rcel como ordenaba imponerle el C?digo de Defensa Social con todas las agravantes de reincidencia, alevos?a y nocturnidad.

Pasaron los d?as y pasaron los meses. ?Qu? decepci?n! El acusado no era molestado, se paseaba por la Rep?blica como un amo, lo llamaban honorable se?or y general, quit? y puso magistrados, y nada menos que el d?a de la apertura de los tribunales se vio al reo sentado en el lugar de honor, entre los augustos y venerables patriarcas de nuestra justicia.

Pasaron otra vez los d?as y los meses. El pueblo se cans? de abusos y de burlas. ?Los pueblos se cansan! Vino la lucha, y entonces aquel hombre que estaba fuera de la ley, que hab?a ocupado el poder por la violencia, contra la voluntad del pueblo y agrediendo el orden legal, tortur?, asesin?, encarcel? y acus? ante los tribunales a los que hab?an ido a luchar por la ley y devolverle al pueblo su libertad.

Se?ores magistrados: Yo soy aquel ciudadano humilde que un d?a present? in?tilmente ante los tribunales para pedirles que castigaran a los ambiciosos que violaron las leyes e hicieron trizas nuestras instituciones,, y ahora, cuando es a m? a quien se acusa de querer derrocar este r?gimen ilegal y restablecer la Constituci?n leg?tima de la Rep?blica, se me tiene setenta y seis d?as incomunicado en una celda, sin hablar con nadie ni ver siquiera a mi hijo; se me conduce por la ciudad entre dos ametralladoras de tr?pode, se me traslada a este hospital para juzgarme secretamente con toda severidad y un fiscal con el C?digo en la mano, muy solemnemente, pide para m? veintis?is a?os de c?rcel.

Me dir?is que aquella vez los magistrados de la Rep?blica no actuaron porque se lo imped?a la fuerza; entonces, confesadlo: esta vez tambi?n la fuerza os obligar? a condenarme. La primera no pudisteis castigar al culpable; la segunda, tendr?is que castigar al inocente. La doncella de la justicia, dos veces violada por la fuerza.

?Y cu?nta charlataner?a para justificar lo injustificable, explicar lo inexplicable y conciliar lo inconciliable! Hasta que han dado por fin en afirmar, como suprema raz?n, que el hecho crea el derecho. Es decir que el hecho de haber lanzado los tanques y los soldados a la calle, apoder?ndose del Palacio Presidencial, la Tesorer?a de la Rep?blica y los dem?s edificios oficiales, y apuntar con las armas al coraz?n del pueblo, crea el derecho a gobernarlo. El mismo argumento pudieron utilizar los nazis que ocuparon las naciones de Europa e instalaron en ellas gobiernos de t?teres.

Admito y creo que la revoluci?n sea fuerte de derecho; pero no podr? llamarse jam?s revoluci?n al asalto nocturno a mano armada del 10 de marzo. En el lenguaje vulgar, como dijo Jos? Ingenieros, suele darse el nombre de revoluci?n a los peque?os des?rdenes que un grupo de insatisfechos promueve para quitar a los hartos sus prebendas pol?ticas o sus ventajas econ?micas, resolvi?ndose generalmente en cambios de unos hombres por otros, en un reparto nuevo de empleos y beneficios. ?se no es el criterio del fil?sofo de la historia, no puede ser el del hombre de estudio.

No ya en el sentido de cambios profundos en el organismos social, ni siquiera en la superficie del pantano p?blico se vio mover una ola que agitase la podredumbre reinante. Si en el r?gimen anterior hab?a politiquer?a, ha multiplicado por diez el pillaje y ha duplicado por cien la falta de respeto a la vida humana.

Se sab?a que Barriguilla hab?a robado y hab?a asesinado, que era millonario, que ten?a en la capital muchos edificios de apartamentos, acciones numerosas en compa??as extranjeras, cuentas fabulosas en bancos norteamericanos, que reparti? bienes gananciales por dieciocho millones de pesos, que se hospedaba en el m?s lujoso hotel de los millonarios yanquis, pero lo que nunca podr? creer nadie es que Barriguilla fuera revolucionario. Barriguilla es el sargento de Weyler que asesin? doce cubanos en el Guatao... En Santiago de Cuba fueron setenta. De te fabula narratur.

Cuatro partidos pol?ticos gobernaban el pa?s antes del 10 de marzo: Aut?ntico, Liberal, Dem?crata y Republicano. A los dos d?as del golpe se adhiri? el Republicano; no hab?a pasado un a?o todav?a y ya el Liberal y el Dem?crata estaban otra vez en el poder, Batista no restablec?a la Constituci?n, no restablec?a las libertades p?blicas, no restablec?a el Congreso, no restablec?a el voto directo, no restablec?a en fin ninguna de las instituciones democr?ticas arrancadas al pa?s, pero restablec?a a Verdeja, Guas Incl?n, Salvito Garc?a Ramos, Anaya Murillo, y con los altos jerarcas de los partidos tradicionales en el gobierno, a lo m?s corrompido, rapaz, conservador y antediluviano de la pol?tica cubana. ??sta es la revoluci?n de Barriguilla!

Ausente del m?s elemental contenido revolucionario, el r?gimen de Batista ha significado en todos los ?rdenes un retroceso de veinte a?os para Cuba. Todo el mundo ha tenido que pagar bien caro su regreso, pero principalmente las clases humildes que est?n pasando hambre y miseria mientras la dictadura que ha arruinado al pa?s con la conmoci?n, la ineptitud y la zozobra, se dedica a la m?s repugnante politiquer?a, inventando f?rmulas y m?s f?rmulas de perpetuarse en el poder aunque tenga que ser sobre un mont?n de cad?veres y un mar de sangre.

Ni una sola iniciativa valiente ha sido dictada. Batista vive entregado de pies y manos a los grandes intereses, y no pod?a ser de otro modo, por su mentalidad, por la carencia total de ideolog?a y de principios, por la ausencia absoluta de la fe, la confianza y el respaldo de las masas. Fue un simple cambio de manos y un reparto de bot?n entre los amigos, parientes, c?mplices y la r?mora de par?sitos voraces que integran el andamiaje pol?tico del dictador. ?Cu?ntos oprobios se le han hecho sufrir al pueblo para que un grupito de ego?stas que no sienten por la patria la menor consideraci?n puedan encontrar en la cosa p?blica un modus vivendi f?cil y c?modo!.

?Con cu?nta raz?n dijo Eduardo Chib?s en su postrer discurso que Batista alentaba el regreso de los coroneles, del palmacristi y de la ley de fuga! De inmediato despu?s del 10 de marzo comenzaron a producirse otra vez actos verdaderamente vand?licos que se cre?an desterrados para siempre en Cuba: el asalto a la Universidad del Aire, atentado sin precedentes a una instituci?n cultural, donde los gangsters del SIM se mezclaron con los mocosos de la juventud del PAU; el secuestro del periodista Mario Kuchil?n, arrancado en plena noche de su hogar y torturado salvajemente hasta dejarlo casi desconocido; el asesinato del estudiante Rub?n Batista y las descargas criminales contra una pac?fica manifestaci?n estudiantil junto al mismo pared?n donde los voluntarios fusilaron a los estudiantes del 71; hombres que arrojaron la sangre de los pulmones ante los mismos tribunales de justicia por las b?rbaras torturas que les hab?an aplicado en los cuerpos represivos, como en el proceso del doctor Garc?a B?rcena. Y no voy a referir aqu? los centenares de casos en que grupos de ciudadanos han sido apaleados brutalmente sin distinci?n de hombres o mujeres, j?venes o viejos. Todo esto antes del 26 de julio. Despu?s, ya se sabe, ni siquiera el cardenal Arteaga se libr? de actos de esta naturaleza. Todo el mundo sabe que fue v?ctima de los agentes represivos. Oficialmente afirmaron que era obra de una banda de ladrones. Por una vez dijeron la verdad, ?qu? otra cosa es este r?gimen?...

La ciudadan?a acaba de contemplar horrorizada el caso del periodista que estuvo secuestrado y sometido a torturas de fuego durante veinte d?as. En cada hecho un cinismo inaudito, una hipocres?a infinita: la cobard?a de rehuir la responsabilidad y culpar invariablemente a los enemigos del r?gimen. Procedimientos de gobierno que no tienen nada que envidiarle a la peor pandilla de gangster. Hitler asumi? la responsabilidad por las matanzas del 30 de junio de 1934 diciendo que hab?a sido durante 24 horas el Tribunal Supremo de Alemania; los esbirros de esta dictadura, que no cabe compararla con ninguna otra por la baja, ruin y cobarde, secuestran, torturan, asesinan, y despu?s culpan canallescamente a los adversarios del r?gimen. Son los m?todos t?picos del sargento Barriguilla.

En todos estos hechos que he mencionado, se?ores magistrados, ni una sola vez han aparecido los responsables para ser juzgados por los tribunales. ?C?mo! ?No era ?ste el r?gimen del orden, de la paz p?blica y el respeto a la vida humana?

Si todo esto he referido es para que se me diga si tal situaci?n puede llamarse revoluci?n engendradora de derecho; si es o no l?cito luchar contra ella; si no han de estar muy prostituidos los tribunales de la Rep?blica para enviar a la c?rcel a los ciudadanos que quieren librar a su patria de tanta infamia.

Cuba est? sufriendo un cruel e ignominioso despotismo, y vosotros no ignor?is que la resistencia frente al despotismo es leg?tima; ?ste es un principio universalmente reconocido y nuestra Constituci?n de 1940 lo consagr? expresamente en el p?rrafo segundo del art?culo 40: "Es leg?tima la resistencia adecuada para la protecci?n de los derechos individuales garantizados anteriormente." M?s, aun cuando no lo hubiese consagrado nuestra ley fundamental, es supuesto sin el cual no puede concebirse la existencia de una colectividad democr?tica. El profesor Infiesta en su libro de derecho constitucional establece una diferencia entre Constituci?n Pol?tica y Constituci?n Jur?dica, y dice que "a veces se incluyen en la Constituci?n Jur?dica principios constitucionales que, sin ello, obligar?an igualmente por el consentimiento del pueblo, como los principios de la mayor?a o de la representaci?n en nuestras democracias". El derecho de insurrecci?n frente a la tiran?a es uno de esos principios que, est? o no est? incluido dentro de la Constituci?n Jur?dica, tiene siempre plena vigencia en una sociedad democr?tica. El planteamiento de esta cuesti?n ante un tribunal de justicia es uno de los problemas m?s interesantes del derecho p?blico. Duguit ha dicho en su Tratado de Derecho Constitucional que "si la insurrecci?n fracasa, no existir? tribunal que ose declarar que no hubo conspiraci?n o atentado contra la seguridad del Estado porque el gobierno era tir?nico y la intenci?n de derribarlo era leg?tima". Pero fijaos bien que no dice "el tribunal no deber?", sino que "no existir? tribunal que ose declarar"; m?s claramente, que no habr? tribunal que se atreva, que no habr? tribunal lo suficientemente valiente para hacerlo bajo una tiran?a. La cuesti?n no admite alternativa; si el tribunal es valiente y cumple con su deber, se atrever?.

Se acaba de discutir ruidosamente la vigencia de la Constituci?n de 1940; el Tribunal de Garant?as Constitucionales y Sociales fall? en contra de ella y a favor de los Estatutos; sin embargo, se?ores magistrados, yo sostengo que la constituci?n de 1940 sigue vigente. Mi afirmaci?n podr? parecer absurda y extempor?nea; pero no os asombr?is, soy yo quien se asombra de que un tribunal de derecho haya intentado darle un vil cuartelazo a la Constituci?n leg?tima de la Rep?blica. Como hasta aqu?, ajust?ndome rigurosamente a los hechos, a la verdad y a la raz?n, demostrar? lo que acabo de afirmar. El Tribunal de Garant?as Constitucionales y Sociales fue instituido por el art?culo 172 de la Constituci?n de 1940, complementado por la Ley Org?nica n?mero 7 de 31 de mayo de 1949. Estas leyes, en virtud de las cuales fue creado, le concedieron, en materia de inconstitucionalidad, una competencia espec?fica y determinada: resolver los recursos de inconstitucionalidad contra las leyes, decretos-leyes, resoluciones o actos que nieguen, disminuyan, restrinjan o adulteren los derechos y garant?as constitucionales o que impidan el libre funcionamiento de los ?rganos del Estado. En el art?culo 194 se establec?a bien claramente: "Los jueces y tribunales est?n obligados a resolver los conflictos entre las leyes vigentes y la Constituci?n ajust?ndose al principio de que ?sta prevalezca siempre sobre aqu?llas." De acuerdo, pues, con las leyes que le dieron origen, el Tribunal de Garant?as Constitucionales y Sociales deb?a resolver siempre a favor de la Constituci?n. Si ese tribunal hizo prevalecer los Estatutos por encima de la Constituci?n de la Rep?blica se sali? por completo de su competencia y facultades, realizando, por tanto, un acto jur?dicamente nulo. La decisi?n en s? misma, adem?s, es absurda y lo absurdo no tiene vigencia ni de hecho ni de derecho, no existe ni siquiera metaf?sicamente. Por muy venerable que sea un tribunal no podr? decir que el c?rculo es cuadrado, o, lo que es igual, que el engendro grotesco del 4 de abril puede llamarse Constituci?n de un Estado.

Entendemos por Constituci?n la ley fundamental y suprema de una naci?n, que define su estructura pol?tica, regula el funcionamiento de los ?rganos del Estado y pone l?mites a sus actividades, ha de ser estable, duradera y m?s bien r?gida. Los Estatutos no llenan ninguno de estos requisitos. Primeramente encierran una contradicci?n monstruosa, descarada y c?nica en lo m?s esencial, que es lo referente a la integraci?n de la Rep?blica y el principio de la soberan?a. El art?culo 1 dice: "Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como Rep?blica democr?tica..." El Presidente de la Rep?blica ser? designado por el Consejo de Ministros. ?Y qui?n elige el Consejo de Ministros? El art?culo 120, inciso 13: "Corresponde al Presidente nombrar y renovar libremente a los ministros, sustituy?ndolos en las oportunidades que proceda." ?Qui?n elige a qui?n por fin? ?No es ?ste el cl?sico problema del huevo y la gallina que nadie ha resuelto todav?a?

Un d?a se reunieron dieciocho aventureros. El plan era asaltar la Rep?blica con su presupuesto de trescientos cincuenta millones. Al amparo de la traici?n y de las sombras consiguieron su prop?sito: "?Y ahora qu? hacemos?" Uno de ellos les dijo a los otros: "Ustedes me nombran primer ministro y yo los nombro generales." Hecho esto busc? veinte alabarderos y les dijo: "Yo los nombro ministros y ustedes me nombran presidente." As? se nombraron unos a otros generales, ministros, presidente y se quedaron con el Tesoro y la Rep?blica.

Y no es que se tratara de la usurpaci?n de la soberan?a por una sola vez para nombrar ministros, generales y presidente, sino que un hombre se declar? en unos estatutos due?o absoluto, no ya de la soberan?a, sino de la vida y la muerte de cada ciudadano y de la existencia misma de la naci?n. Por eso sostengo que no solamente es traidora, vil, cobarde y repugnante la actitud del Tribunal de Garant?as Constitucionales y Sociales, sino tambi?n absurda.

Hay en los Estatutos un art?culo que ha pasado bastante inadvertido pero es el que da la clave de esta situaci?n y del cual vamos a sacar conclusiones decisivas. Me refiero a la cl?usula de reforma contenida en el art?culo 257 y que dice textualmente: "Esta Ley Constitucional podr? ser reformada por el Consejo de Ministros con un qu?rum de las dos terceras partes de sus miembros." Aqu? la burla lleg? al colmo. No es s?lo que hayan ejercido la soberan?a para imponer al pueblo una Constituci?n sin contar con su consentimiento y elegir un gobierno que concentra en sus manos todos los poderes, sino que por el art?culo 257 hacen suyo definitivamente el atributo m?s esencial de la soberan?a que es la facultad de reformar la ley suprema y fundamental de la naci?n, cosa que han hecho ya varias veces desde el 10 de marzo, aunque afirman con el mayor cinismo del mundo en el art?culo 2 que la soberan?a reside en el pueblo y de ?l dimanan todos los poderes. Si para realizar estas reformas basta la conformidad del Consejo de Ministros, queda entonces en manos de un solo hombre el derecho de hacer y deshacer la Rep?blica, un hombre que es adem?s el m?s indigno de los que han nacido en esta tierra. ?Y esto fue lo aceptado por el Tribunal de Garant?as Constitucionales, y es v?lido y es legal todo lo que ello se derive? Pues bien, ver?is lo que acept?: "Esta Ley Constitucional podr? ser reformada por el Consejo de Ministros con un qu?rum de las dos terceras partes de sus miembros." Tal facultad no reconoce l?mites; al amparo de ella cualquier art?culo, cualquier cap?tulo, cualquier t?tulo, la ley entera puede ser modificada. El art?culo 1, por ejemplo, que ya mencion?, dice que Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como Rep?blica democr?tica ?"aunque de hecho sea hoy una satrap?a sangrienta"?; el art?culo 3 dice que "el territorio de la Rep?blica est? integrado por la Isla de Cuba, la Isla de Pinos y las dem?s islas y cayos adyacentes..."; as? sucesivamente. Batista y su Consejo de Ministros, al amparo del art?culo 257, pueden modificar todos esos atributos, decir que Cuba no es ya una Rep?blica, sino una Monarqu?a Hereditaria y ungirse ?l, Fulgencio Batista, Rey; pueden desmembrar el territorio nacional y vender una provincia a un pa?s extra?o como hizo Napole?n con la Louisiana; pueden suspender el derecho a la vida y, como Herodes, mandar a degollar los ni?os reci?n nacidos: todas estas medidas ser?an legales y vosotros tendr?ais que enviar a la c?rcel a todo el que se opusiera, como pretend?is hacer conmigo en estos momentos. He puesto ejemplos extremos para que se comprenda mejor lo triste y humillante que se nuestra situaci?n. ?Y esas facultades omn?modas en manos de hombres que de verdad son capaces de vender la Rep?blica con todos sus habitantes!

Si el Tribunal de Garant?as Constitucionales acept? semejante situaci?n, ?qu? espera para colgar las togas? Es un principio elemental de derecho p?blico que no existe la constitucionalidad all? donde el Poder Constituye y el Poder Legislativo residen en el mismo organismo. Si el Consejo de Ministros hace las leyes, los decretos, los reglamentos y al mismo tiempo tiene facultad de modificar la Constituci?n en diez minutos, ?maldita la falta que nos hace un Tribunal de Garant?as Constitucionales! Su fallo es, pues, irracional, inconcebible, contrario a la l?gica y a las leyes de la Rep?blica, que vosotros, se?ores magistrados, jurasteis defender. Al fallar a favor de los Estatutos no qued? abolida nuestra ley suprema; sino que el Tribunal de Garant?as Constitucionales y Sociales se puso fuera de la Constituci?n, renunci? a sus fueros, se suicid? jur?dicamente. ?Qu? en paz descanse!

El derecho de resistencia que establece el art?culo 40 de esa Constituci?n est? plenamente vigente. ?Se aprob? para que funcionara mientras la Rep?blica marchaba normalmente? No, porque era para la Constituci?n lo que un bote salvavidas es para una nave en alta mar, que no se lanza al agua sino cuando la nave ha sido torpedeada por enemigos emboscados en su ruta. Traicionada la Constituci?n de la Rep?blica y arrebatadas al pueblo todas sus prerrogativas, s?lo le quedaba ese derecho, que ninguna fuerza le puede quitar, el derecho a resistir a la opresi?n y a la injusticia. Si alguna duda queda, aqu? est? un art?culo del C?digo de Defensa Social, que no debi? olvidar el se?or fiscal, el cual dice textualmente: "Las autoridades de nombramiento del Gobierno o por elecci?n popular que no hubieren resistido a la insurrecci?n por todos los medios que estuvieren a su alcance, incurrir?n en una sanci?n de interdicci?n especial de seis a diez a?os." Era obligaci?n de los magistrados de la Rep?blica resistir el cuartelazo traidor del 10 de marzo. Se comprende perfectamente que cuando nadie ha cumplido con la ley, cuando nadie ha cumplido el deber, se env?a a la c?rcel a los ?nicos que han cumplido con la ley y el deber.

No podr?is negarme que el r?gimen de gobierno que se le ha impuesto a la naci?n es indigno de su tradici?n y de su historia. En su libro. El esp?ritu de las leyes, que sirvi? de fundamento a la moderna divisi?n de poderes, Montesquieu distingue por su naturaleza tres tipos de gobierno: "el Republicano, en que el pueblo entero o una parte del pueblo tiene el poder soberano; el Mon?rquico, en que uno solo gobierna pero con arreglo a Leyes fijas y determinadas; y el Desp?tico, en que uno solo, sin Ley y sin regla, lo hace todo sin m?s que su voluntad y su capricho." Luego a?ade: "Un hombre al que sus cinco sentidos le dicen sin cesar que lo es todo, y que los dem?s no son nada, es naturalmente ignorante, perezoso, voluptuoso." "As? como es necesaria la virtud en una democracia, el honor en una monarqu?a, hace falta el temor en un gobierno desp?tico; en cuanto a la virtud, no es necesaria, y en cuanto al honor, ser?a peligroso."

El derecho de rebeli?n contra el despotismo, se?ores magistrados, ha sido reconocido, desde la m?s lejana antig?edad hasta el presente, por hombres de todas las doctrinas, de todas las ideas y todas las creencias.

En las monarqu?as teocr?ticas de las m?s remota antig?edad china, era pr?cticamente un principio constitucional que cuando el rey gobernase torpe y desp?ticamente, fuese depuesto y reemplazado por un pr?ncipe virtuoso.

Los pensadores de la antigua India ampararon la resistencia activa frente a las arbitrariedades de la autoridad. Justificaron la revoluci?n y llevaron muchas veces sus teor?as a la pr?ctica. Uno de sus gu?as espirituales dec?a que "una opini?n sostenida por muchos es m?s fuerte que el mismo rey. La soga tejida por muchas fibras es suficiente para arrastrar a un le?n."

Las ciudades estados de Grecia y la Rep?blica Romana, no s?lo admit?an sino que apologetizaban la muerte violenta de los tiranos.

En la Edad Media, Juan de Salisbury en su Libro de hombre de Estado, dice que cuando un pr?ncipe no gobierna con arreglo a derecho y degenera en tirano, es l?cita y est? justificada su deposici?n violenta. Recomienda que contra el tirano se use el pu?al aunque no el veneno.

Santo Tom?s de Aquino, en la Summa Theolog?ca, rechaz? la doctrina del tiranicidio, pero sostuvo, sin embargo, la tesis de que los tiranos deb?an ser depuestos por el pueblo.

Mart?n Lutero proclam? que cuando un gobierno degenera en tirano vulnerando las leyes, los s?bditos quedaban librados del deber de obediencia. Su disc?pulo Felipe Melanchton sostiene el derecho de resistencia cuando los gobiernos se convierten en tirano. Calvino, el pensador m?s notable de la Reforma desde el punto de vista de las ideas pol?ticas, postula que el pueblo tiene derecho a tomar las armas para oponerse a cualquier usurpaci?n.

Nada menos que un jesuita espa?ol de la ?poca de Felipe II, Juan Mariana, en su libro De Rege et Regis Institutione, afirma que cuando el gobernante usurpa el poder, o cuando, elegido, rige la vida p?blica de manera tir?nica, es l?cito el asesinato por un simple particular, directamente, o vali?ndose del enga?o, con el menor disturbio posible.

El escritor franc?s Francisco Hotman sostuvo que entre gobernantes y s?bditos existe el v?nculo de un contrato, y que el pueblo puede alzarse en rebeli?n frente a la tiran?a de los gobiernos cuando ?stos violan aquel pacto.

Por esa misma ?poca aparece tambi?n un folleto que fue muy le?do, titulado Vindiciae Contra Tyrannos, firmado bajo el seud?nimo de Stephanus Junius Brutus, donde se proclama abiertamente que es leg?tima la resistencia a los gobiernos cuando oprimen al pueblo y que era deber de los magistrados honorables encabezar la lucha.

Los reformadores escoceses Juan Knox y Juan Poynet sostuvieron este mismo punto de vista, y en el libro m?s importante de ese movimiento, escrito por Jorge Buchnam, se dice que si el gobierno logra el poder sin contar con el consentimiento del pueblo o rige los destinos de ?ste de una manera injusta y arbitraria, se convierte en tirano y puede ser destituido o privado de la vida en el ?ltimo caso.

Juan Altusio, jurista alem?n de principios del siglo XVII, en su Tratado de pol?tica, dice que la soberan?a en cuanto autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario de todos sus miembros; que la autoridad suprema del Estado nace del concurso voluntario del gobierno arranca del pueblo y que su ejercicio injusto, extralegal o tir?nico exime al pueblo del deber de obediencia y justifica la resistencia y la rebeli?n.

Hasta aqu?, se?ores magistrados, he mencionado ejemplos de la Antig?edad, la Edad Media y de los primeros tiempos de la Edad Moderna: escritores de todas las ideas y todas las creencias. M?s, como ver?is, este derecho est? en la ra?z misma de nuestra existencia pol?tica, gracias a ?l vosotros pod?is vestir hoy esas togas de magistrados cubanos que ojal? fueran para la justicia.

Sabido es que en Inglaterra, en el siglo XVII, fueron destronados dos reyes, Carlos I y Jacobo II, por actos de despotismo. Estos hechos coincidieron con el nacimiento de la filosof?a pol?tica liberal, esencia ideol?gica de una nueva clase social que pugnaba entonces por romper las cadenas del feudalismo. Frente a las tiran?as de derecho divino esa filosof?a opuso el principio del contrato social y el consentimiento de los gobernados, y sirvi? de fundamento a la revoluci?n inglesa de 1688, y a las revoluciones americana y francesa de 1775 y 1789. Estos grandes acontecimientos revolucionarios abrieron el proceso de liberaci?n de las colonias espa?olas en Am?rica, cuyo ?ltimo eslab?n fue Cuba. En esta filosof?a se aliment? nuestro pensamiento pol?tico y constitucional que fue desarroll?ndose desde la primera Constituci?n de Gu?imaro hasta la del 1940, influida esta ?ltima ya por las corrientes socialistas del mundo actual que consagraron en ella el principio de la funci?n social de la propiedad y el derecho inalienable del hombre a una existencia decorosa, cuya plena vigencia han impedido los grandes intereses creados.

El derecho de insurrecci?n contra la tiran?a recibi? entonces su consagraci?n definitiva y se convirti? en postulado esencial de la libertad pol?tica.

Ya en 1649 Juan Milton escribe que el poder pol?tico reside en el pueblo, quien puede nombrar y destituir reyes, y tiene el deber de separar a los tiranos.

Juan Locke en su Tratado de gobierno sostiene que cuando se violan los derechos naturales del hombre, el pueblo tiene el derecho y el deber de suprimir o cambiar de gobierno. "El ?nico remedio contra la fuerza sin autoridad est? en oponerle la fuerza."

Juan Jacobo Rousseau dice con mucha elocuencia en su Contrato Social: "Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yugo y lo sacude, hace mejor, recuperando su libertad por el mismo derecho que se la han quitado." "El m?s fuerte no es nunca suficientemente fuerte para ser siempre el amo, si no transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber. [...] La fuerza es un poder f?sico; no veo qu? moralidad pueda derivarse de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; todo lo m?s es un de prudencia. ?En qu? sentido podr? ser esto un deber?" "Renunciar a la libertad es renunciar a la calidad del hombre, a los derechos de la Humanidad, incluso a sus deberes. No hay recompensa posible para aquel que renuncia a todo. Tal renuncia es incomparable con la naturaleza del hombre, y quitar toda la libertad a la voluntad es quitar toda la moralidad a las acciones. En fin, es una convicci?n vana y contradictoria estipular por una parte con una autoridad absoluta y por otra con una obediencia sin l?mites..."

Thomas Paine dijo que "un hombre justo es m?s digno de respeto que un rufi?n coronado".

S?lo escritores reaccionarios se opusieron a este derecho de los pueblos, como aquel cl?rigo de Virginia, Jonathan Boucher, quien dijo que "El derecho a la revoluci?n era una doctrina condenable derivada de Lucifer, el padre de las rebeliones".

La Declaraci?n de Independencia del Congreso de Filadelfia el 4 de julio de 1776, consagr? este derecho en un hermoso p?rrafo que dice: "Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres nacen iguales; que a todos les confiere su Creador ciertos derechos inalienables entre los cuales se cuentan la vida, la libertad y la consecuci?n de la felicidad; que para asegurar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos cuyos justos poderes derivan del consentimiento de los gobernados; que siempre que una forma de gobierno tienda a destruir esos fines, al pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios y organice sus poderes en la forma que a su juicio garantice mejor su seguridad y felicidad."

La famosa Declaraci?n Francesa de los Derechos del Hombre leg? a las generaciones venideras este principio: "Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrecci?n es para ?ste el m?s sagrado de los derechos y el m?s imperioso de los deberes." "Cuando una persona se apodera de la soberan?a debe ser condenada a muerte por los hombres libres."

Creo haber justificado suficientemente mi punto de vista: son m?s razones que las que esgrimi? el se?or fiscal para pedir que se me condene a veintis?is a?os de c?rcel; todas asisten a los hombres que luchan por la libertad y la felicidad de un pueblo; ninguna a los que lo oprimen, envilecen y saquean despiadadamente; por eso yo he tenido que exponer muchas y ?l no pudo exponer una sola. ?C?mo justificar la presencia de Batista en el poder, al que lleg? contra la voluntad del pueblo y violando por la traici?n y por la fuerza las leyes de la Revoluci?n? ?C?mo llamar revolucionario un gobierno donde se han conjugado los hombres, las ideas y los m?todos m?s retr?grados de la vida p?blica? ?C?mo considerar jur?dicamente v?lida la alta traici?n de un tribunal cuya misi?n era defender nuestra Constituci?n? ?Con qu? derecho enviar a la c?rcel a ciudadanos que vinieron a dar por el decoro de su patria su sangre y su vida? ?Eso es monstruoso ante los ojos de la naci?n y los principios de la verdadera justicia!

Pero hay una raz?n que nos asiste m?s poderosa que todas las dem?s: somos cubanos, y ser cubano implica un deber, no cumplirlo es un crimen y es traici?n. Vivimos orgullosos de la historia de nuestra patria; la aprendimos en la escuela y hemos crecido oyendo hablar de libertad, de justicia y de derechos. Se nos ense?? a venerar desde temprano el ejemplo glorioso de nuestros h?roes y de nuestros m?rtires. C?spedes, Agramonte, Maceo, G?mez y Mart? fueron los primeros nombres que se grabaron en nuestro cerebro; se nos ense?? que el Tit?n hab?a dicho que la libertad no se mendiga, sino que se conquista con el filo del machete; se nos ense?? que para la educaci?n de los ciudadanos en la patria libre, escribi? el Ap?stol en su libro La Edad de Oro: "Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el pa?s en que naci? los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. [...] En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en s? el decoro de muchos hombres. ?sos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana..." Se nos ense?? que el 10 de octubre y el 24 de febrero son efem?rides gloriosas y de regocijo patrio porque marcan los d?as en que los cubanos se rebelaron contra el yugo de la infame tiran?a; se nos ense?? a querer y defender la hermosa bandera de la estrella solitaria y a cantar todas las tardes un himno cuyos versos dicen que vivir en cadenas vivir en afrenta y oprobio sumidos, y que morir por la patria es vivir. Todo eso aprendimos y no lo olvidaremos aunque hoy en nuestra patria se est? asesinando y encarcelando a los hombres por practicar las ideas que les ense?aron desde la cuna. Nacimos en un pa?s libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundir? la Isla en el mar antes que consintamos en ser esclavos de nadie.

Parec?a que el Ap?stol iba a morir en el a?o de su centenario, que su memoria se extinguir?a para siempre, ?tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo su fiel a su recuerdo; hay cubanos que han ca?do defendiendo sus doctrinas, hay j?venes que en magn?fico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que ?l siga viviendo en el alma de la patria. ?Cuba, qu? ser?a de ti si hubieras dejado morir a tu Ap?stol!

Termino mi defensa, no lo har? como hacen siempre todos los letrados, pidiendo la libertad del defendido; no puedo pedirla cuando mis compa?eros est?n sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisi?n. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es inconcebible que los hombres honrados est?n muertos o presos en una rep?blica donde est? de presidente un criminal y un ladr?n.

A los se?ores magistrados, mi sincera gratitud por haberme permitido expresarme libremente, sin mezquinas coacciones; no os guardo rencor, reconozco que en ciertos aspectos hab?is sido humanos y s? que el presidente de este tribunal, hombre de limpia vida, no puede disimular su repugnancia por el estado de cosas reinantes que lo obliga a dictar un fallo injusto. Queda todav?a a la Audiencia un problema m?s grave; ah? est?n las causas iniciadas por los setenta asesinatos, es decir, la mayor masacre que hemos conocido; los culpables siguen libres con un arma en la mano que es amenaza perenne para la vida de los ciudadanos; si no cae sobre ellos todo el peso de la ley, por cobard?a o porque se lo impidan, y no renuncien en pleno todos los magistrados, me apiado de vuestras honras y compadezco la mancha sin precedentes que caer? sobre el Poder Judicial.

En cuanto a m?, s? que la c?rcel ser? dura como no la ha sido nunca para nadie, pre?ada de amenazas, de ruin y cobarde ensa?amiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arranc? la vida a setenta hermanos m?os. Condenadme, no importa, La historia me absolver?.
Realizado por Mal_fica @ 18:20  | Otros
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Realizado por Anonimo
Jueves, 26 de julio de 2007 | 21:09
Este gran documento que forma parte del historial de la revolucion cubana deberia ser leido por todos los revolucionarios del mundo asi como ese otro gran documento revolcionario La Segunda Declaracion de la Habana. !VIVA MIL VECES EL HEROICO Y REVOLUCIONARIO PUEBLO CUBANO Y SU COMANDANTE EN JEFE FIDEL!
!GLORIA ETERNA A LOS MARTIRES QUE CAYERON EN LA LUCHA EN CONTRA DEL IMPERIALISMO YANQUI!

!HASTA LA VICTORIA SIEMPRE!